Vivimos en una época fascinada por la eliminación de obstáculos. Pedimos un coche desde una aplicación y aparece en minutos. Compramos con un clic. Recibimos recomendaciones personalizadas antes incluso de saber qué queremos ver, leer o escuchar. En ese contexto, la inteligencia artificial (IA) se presenta como la culminación de una promesa tecnológica largamente perseguida: reducir la fricción.
La narrativa dominante es sencilla: si una tarea requiere tiempo, la automatizamos. Si exige esfuerzo, lo minimizamos. Si genera incertidumbre, buscamos una respuesta inmediata. La eficiencia se ha convertido en un valor casi incuestionable y la IA aparece como su máxima expresión. Sin embargo, conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿toda fricción es un problema que debamos resolver?
La palabra «fricción» suele asociarse a algo negativo. Pensamos en retrasos, errores, burocracia o dificultades innecesarias. Pero existe otro tipo de fricción que forma parte de nuestra condición humana. Es la que aparece cuando intentamos comprender a alguien que piensa diferente, cuando aprendemos algo complejo, cuando atravesamos una conversación difícil o cuando debemos convivir con la incertidumbre antes de alcanzar una conclusión. Y es ahí donde la IA está precisamente empezando a alterar espacios.
Los asistentes conversacionales nunca se cansan ni muestran impaciencia. Adaptan su lenguaje a nuestras preferencias, siendo extraordinariamente complacientes, y responden en cuestión de segundos. Eso hace que puedan modificar nuestras expectativas sobre cómo debería funcionar una conversación. Las relaciones humanas reales están llenas de pausas, malentendidos, silencios, contradicciones y emociones difíciles de interpretar. Requieren negociación, empatía y paciencia. Son imperfectas. Pero esa imperfección no es un defecto del sistema: es parte esencial de lo que las hace significativas.
En este contexto resulta especialmente relevante la reflexión que el papa León XIV recoge en su reciente encíclica sobre IA: «Cuando la palabra es simulada, esta no construye una relación, sino una apariencia. La imitación artificial de la relación de cuidado o de acompañamiento puede ser peligrosa cuando se introduce en un contexto pobre de relaciones y de afectos reales; entonces el riesgo no es tanto que una persona crea que está hablando con otra persona, sino que pierda el deseo mismo de buscar realmente al otro».
La advertencia merece atención. Durante años hemos debatido si las personas podrían confundir una máquina con un ser humano a través del famoso Test de Turing. Sin embargo, el problema quizá no sea el engaño, sino algo más profundo: que la comodidad de las interacciones artificiales termine reduciendo nuestra disposición a afrontar la complejidad de las relaciones reales.
Algo parecido ocurre en el ámbito educativo. La IA generativa promete respuestas inmediatas, resúmenes automáticos y ejercicios resueltos en cuestión de segundos. Pero aprender nunca ha consistido únicamente en obtener respuestas correctas. Aprender implica enfrentarse a preguntas para las que todavía no tenemos solución. Implica equivocarse, reformular hipótesis, sostener la frustración y perseverar cuando algo no encaja. La investigación educativa lleva décadas mostrando que el esfuerzo cognitivo es una condición fundamental para consolidar conocimientos duraderos. El pensamiento crítico se desarrolla cuando debemos evaluar argumentos contradictorios. El criterio propio nace del ejercicio de analizar, comparar y cuestionar información. Si externalizamos permanentemente estos procesos, corremos el riesgo de debilitar capacidades que son esenciales para nuestra autonomía intelectual. Por eso el debate sobre la IA no debería centrarse únicamente en qué puede hacer la tecnología, sino también en qué queremos preservar como sociedad.
No todas las fricciones merecen ser defendidas. Nadie echará de menos trámites absurdos, tareas repetitivas o barreras que generan desigualdad. Existen innumerables ámbitos en los que la IA puede mejorar nuestra calidad de vida y liberar tiempo para actividades más valiosas. Pero algunas fricciones cumplen una función estructural: nos ayudan a aprender, nos obligan a escuchar, nos enseñan a convivir con la diferencia, nos recuerdan que el conocimiento requiere esfuerzo y que las relaciones humanas exigen dedicación.
Quizá el gran desafío de esta década no sea construir sistemas cada vez más inteligentes. Tal vez sea desarrollar la sabiduría necesaria para distinguir qué obstáculos conviene eliminar y cuáles constituyen, precisamente, el terreno donde se cultivan nuestras capacidades más humanas. Porque una sociedad sin fricciones puede parecer más cómoda. La pregunta es si también seguiría siendo igual de humana.



