Los nuevos Sísifos de la era digital

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Sisyphus_by_von_StuckTodos los días la misma cantinela: ponerse delante del ordenador (o dispositivo conectado que esté más cerca de tus dedos) para enfrentarse a una bandeja de entrada gorda y renovada. Decenas de mensajes se agolpan esperando ser leídos. Pero eso no es lo más frustrante. Hacerlo con la convicción de que mañana se repetirá la misma historia, por mucho que hoy dejes tu bandeja a cero, sí que lo es.

Algunas estadísticas hablan de que se mandan en el mundo 2.334.265 correos electrónicos por segundo (contando los de spam). Si queréis ver qué otras cosas se hacen en un segundo en internet, os recomiendo la página ‘Every second on the Internet‘. Como bien reza el final de esta página “Hace 20 años, solo había 130 sitios webs en toda la red, Google ni siquiera estaba entre ellos y el usuario tenía que pagar para tener una cuenta de correo electrónico a través de un ISP“. Por cierto, ¿os acordáis ahora de los guruses que decían que las redes sociales matarían el email? Yo me acuerdo de ellos todos los días…

Es la leyenda de Sísifo de los tiempos modernos. Nuestro castigo, en vez de llevar una piedra hasta la cima de una montaña será la empujar nuestros mensajes a sus respectivas etiquetas o a la papelera. Hay días en los que la piedra pesa mucho. Otros en los que directamente dejamos de empujarla hacia arriba, así que al día siguiente es el doble de grande.

Y la piedra de Sísifo puede crecer aún más, porque mirando al futuro, el cielo no parece estar más despejado. Algunos quieren que nunca estemos offline. La última portada del Time da en el clavo con su titular, sobre todo con la parte del “like it or not“. Porque como ya hemos dicho otras veces, la tecnología no es neutra y va cambiando nuestros comportamientos. Así que nos guste o no, si nuestro entorno funciona con estos ritmos y cargas, será difícil escapar de la corriente. Si a día de hoy, los usuarios ya contamos con una media de seis dispositivos digitales, (según el estudio Somos Digitales. Digital Consumer Survey), ¿a cuántos tocaremos en unos años?

Time

Os dejo, me vuelvo a empujar la piedra hasta la cima de la colina. Mañana volverá a estar abajo.



Tu cara me suena

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Banksy

Artículo publicado en la Revista Deusto Nº 124 (otoño 2014).

En cuántas películas y series de televisión habremos visto aplicaciones informáticas que, a modo de escáner, analizaban imágenes de una cámara para reconocer las caras de personas utilizando una inmensa base de datos. ¿Realidad o ficción? Pues lamentablemente para nuestra intimidad, cada vez menos ficción. Y no estamos hablando de herramientas del FBI (que también), sino más bien de redes sociales, que van acumulando una cantidad ingente de fotografías con rostros en ese nuevo concepto de moda en internet que es el Big Data.

¿Qué herramientas de reconocimiento facial hay en el mercado? Empecemos por lo esperado: las agencias de seguridad. A través de la documentación filtrada por Edward Snowden descubrimos que la NSA (la Agencia de Seguridad Nacional estadounidense) recolecta de manera masiva imágenes de internet para hacer pruebas con su software de reconocimiento de rostros, llamado Tundra Freeze. El FBI también acaba de estrenar un sistema denominado Next Generation Identification (NGI) con millones de imágenes en una base de datos de los 50 estados norteamericanos. Pero es curioso saber que NGI no es muy bueno que digamos: a una fotografía dada, devuelve una lista de 50 posibilidades, con un 85% de posibilidades de que la persona correcta esté en esa lista.

Como no podía ser de otra manera cuando hablamos de caras, Facebook tenía que estar en la picota con su sistema DeepFace. Si le damos dos imágenes, nos dirá con un 97% de precisión si son la misma persona. ¿Por qué es más potente el sistema de Facebook que el del FBI? Sencillo: porque cuenta con más fotografías (250 billones de imágenes frente a 50 millones) y de mejor calidad. Mientras que muchas de las que tiene el FBI están tomadas por cámaras de videovigilancia, siendo la resolución y el ángulo malo, Facebook cuenta con las que nosotros subimos, de una gran calidad y haciéndole parte del trabajo con el etiquetado de personas.

Por supuesto, Google no se queda fuera del juego. Con su producto estrella, las Google Glass, está trabajando en programas de reconocimiento facial, aunque lo hace con cautela por las presiones que está recibiendo del Senado de Estados Unidos. De hecho, ya han trascendido noticias de que la policía de Nueva York las está probando para disponer rápidamente de información sobre sospechosos.

Tenemos también otras apps como es el caso de NameTag, una herramienta que permite que saquemos una foto con el móvil y ésta sea contrastada con millones de imágenes de personas extraídas de las redes sociales. Si hay alguna coincidencia, no solo nos devolverá su nombre, sino también otras imágenes y sus perfiles en diferentes redes sociales como Facebook, Twitter e Instagram. Incluso podremos saber si esa persona está buscando pareja en servicios de citas online tipo Match.com. Está disponible para Android, iOS y quieren también integrarla en Google Glass.

Otros sistemas combinan el reconocimiento facial y la geolocalización. Es el caso del proyecto Facedeals. La idea es que no sea necesario ya que hagamos checkin en los lugares de manera activa a través de redes tipo Foursquare, sino que directamente, esos espacios cuenten con una cámara que, al entrar, compruebe si estamos en la base de datos de usuarios que han dado su aprobación a Facedeals en Facebook. De esta manera, podrá consultar los ‘Me gusta’ que tenemos en esta red social para enviarnos al móvil una promoción exclusiva en base a nuestros gustos.

El reconocimiento facial también se está trabajando como elemento biométrico de acceso a sistemas. Es decir, que nuestra cara podría ser nuestra próxima contraseña. Por supuesto, hay que evolucionar aún mucho estas herramientas para que no haya peligro de suplantación con máscaras. Por ejemplo, se están investigando medidas que supongan el movimiento de nuestra cara, como es el caso de un guiño.

Lejos van a quedar esos días en los que, las personas que somos terriblemente malas recordando nombres y caras, tengamos problemas. O incluso aquellas que sufren de prosopagnosia (enfermedad caracterizada por una incapacidad de reconocer los rostros) podrán tener más herramientas para relacionarse socialmente. Ahora bien, las historias distópicas de un Gran Hermano se confirman con cada paso que da la tecnología y las personas que usamos esa tecnología. Algún día quizás tengamos que explicar a nuestros nietos y nietas el concepto de la intimidad, porque no les resulte familiar.

Imagen de Bruce Krasting (CC by).



Bitcoin: la cibermoneda contraataca

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Artículo publicado en la Revista Deusto Nº 123 (verano 2014). En esta ocasión, tengo la suerte de escribirlo a cuatro manos con Manfred Nolte.

Se crean mediante un complejo proceso de ‘minería informática’. ¿Qué es un ‘Bitcoin’? ¿Una herramienta para que los delincuentes intermedien drogas y pornografía en la impunidad o representa la liberación del monopolio de los mercados financieros?

BitcoinsEn España hay ya censados 40 comercios que aceptan la moneda virtual, si bien se trata de firmas poco conocidas, pero en Estados Unidos o en Asia su popularidad es creciente. Hasta la Universidad de Nicosia acepta el pago de las tasas académicas en ‘Bitcoins’ y el sitio de carteras online más popular en este mundo –Blockchain.info- recibe entre 3 y 4 millones de visitas al día, pasando el número de carteras allí abiertas este año de 70 mil a 700 mil. Muchas plataformas tecnológicas permiten los pagos con bitcoins (no sabemos si como acción cosmética para lograr titulares en prensa o con una prospección de futuro), como es el caso de wordpress.com. Incluso Wikileaks vio en esta moneda su tabla de salvación cuando sufrió en 2011 un bloqueo por parte de los procesadores de pago electrónico Visa, MasterCard y PayPal. Pero no todo es de bits y de bytes en este mundo. Londres ya cuenta con un cajero donde podemos cambiar nuestras libras por bitcoins y a la inversa con un 8% de comisión. Tal es la fiebre del oro digital allí que hasta podemos pagar con ellos en algunos pubs.
Bitcoin es un producto digital descentralizado que se autoproclama ‘moneda’, creado en 2009 por una persona o grupo de personas bajo el seudónimo de “Satoshi Nakamoto”. El término Bitcoin también se aplica a la red P2P que lo sustenta y el software de código abierto para gestionarlo. El cuádruple argumentario de sus promotores consiste en que ‘Bitcoin’ no depende de ninguna autoridad monetaria ya que está conformada como una red privada independiente P2P (usuario a usuario), es muy segura debido a sus mecanismos de encriptación, disfruta de la opacidad que le otorga la ausencia total de trazabilidad de las operaciones y es muy barata al no serle de aplicación las habituales comisiones bancarias. Es, según ellos, la moneda del futuro. El número máximo de ‘Bitcoins’ se ha fijado por su diseñador en 21 millones, límite que se habrá alcanzado previsiblemente en 2033. Se obtiene por un complejo mecanismo algorítmico cuyos enojosos tecnicismos evitaremos aquí al lector. En los próximos 10 años la oferta se va a doblar y, a partir de ahí, se estabiliza. A diferencia de las monedas convencionales, la oferta monetaria de ‘Bitcoins’ –similar a la oferta de oro- es una cantidad fija.

La actividad de compraventa digital directa de ‘Bitcoins’ se realiza a través de brókers o corredores digitales. El ciberespacio va tejiendo un dinámico entramado de plataformas virtuales entre las que pueden destacar BTC China, MtGox, BTCe, Bitstamp, OKCoin o LocalBitcoins, entre otras muchas, que además aportan liquidez a este incipiente mercado. Pero algo está moviéndose a velocidad vertiginosa en la percepción mundial de esta cibermoneda, para que se hayan producido algunos hitos sorprendentes. El más llamativo, quizá, el de la meteórica ascensión de su precio, que ha pasado de 5 dólares en junio del 2012 al récord histórico de 1.242 dólares a mediados de noviembre pasado. El precio actual, al 72% del máximo de hace apenas cinco semanas nos advierte de otra de sus características relevantes: su extraordinaria volatilidad. Tal es esta volatilidad que la primera transacción offline de la que se tiene constancia se produjo para comprar dos pizzas por el módico precio de 10.000 bitcoins. Decimos módico, porque en su momento (año 2010), era un precio adecuado pero ahora estaríamos hablando de un cambio de 5,5 millones de dólares.
Con apenas 12 millones de ‘Bitcoins’ en circulación y aunque el volumen de intercambio diario -algo más de 16.000 unidades, equivalente a 15 millones de dólares, en unas 65.000 transacciones- sea modesto, este objeto monetario no identificado está cosechando un cada vez mayor número de adeptos y la frialdad de muchos escépticos va subiendo de temperatura. Tanto que el fenómeno ‘Bitcoin’ ha pasado en menos de un año de considerarse una floritura ingeniosa de la creatividad digital a erigirse en serio objeto de atención y escrutinio por parte de los correspondientes reguladores y supervisores nacionales. Los resultados han sido desiguales pero la fiebre ‘Bitcoin’ aumenta con altibajos.

Claro que nada escapa al diamantino designio del ciclo. Desde los máximos de 1.200 dólares a principios de diciembre de 2013, las cosas han cambiado mucho. La cotización del bitcoin ha sufrido un monumental colapso y vuelve a estar por debajo de 100 dólares, por lo que los inversores que compraron en enero han perdido el 91% de su inversión en menos de un mes.

El Banco Popular de China ha emitido una notificación advirtiendo a los ciudadanos acerca de los riesgos de Bitcoin instando a las Instituciones financieras a mantenerse al margen de la criptomoneda. No obstante lo cual, el público es libre de negociar y de usar ‘Bitcoins’, no como dinero de curso legal sino como “un bien virtual”. El Departamento de Justicia americano dictaminó que el ‘Bitcoin’ podía ser un “medio legal de cambio”, recociendo que “en si mismo no es ilegal”. El propio Ben Bernanke, presidente de la FED, ha manifestado no tener ninguna intención de regular la moneda. “Aunque la Reserva Federal hace seguimiento habitual de las monedas virtuales y de otras innovaciones en los sistemas de pagos, no tiene necesariamente autoridad para supervisar directamente o regular estas innovaciones o las entidades que las ofrecen al mercado”. Por su parte la Presidenta de la SEC –máximo órgano supervisor de los mercados de valores- ha expresado que “con independencia de que una moneda virtual subyacente sea ella misma un título, los intereses generados por entidades propietarias de monedas virtuales o que provean rendimientos basados en activos tales como las monedas virtuales, serían títulos valores y quedarían sujetas a nuestra regulación”. Una mera aseveración condicional.

Un poco antes, el Ministro de Finanzas de Bélgica, Koen Geens, respondió a una pregunta sobre Bitcoin en el Parlamento belga, asegurando que no consideraba que el Banco Nacional de Bélgica tuviera algo que objetar en principio a la criptomoneda. Además –dijo-, “por el momento, el uso de Bitcoin está limitado a un puñado de comerciantes”. En agosto de 2013, el Ministerio Federal de Finanzas alemán, en una réplica parlamentaria reconoce oficialmente el ‘Bitcoin’. Martin Chaudhuri, portavoz del Ministerio ha señalado al respecto que “el Ministerio alemán de finanzas no clasifica a los ‘Bitcoins’ como e-dinero o como una moneda funcional, y tampoco pueden considerarse moneda extranjera. Sin embargo pueden subsumirse dentro del concepto de ‘unidad de cuenta’ como un instrumento financiero”. Semanas antes, el regulador financiero alemán ‘BaFIN’ modificó el código bancario alemán incluyendo los ‘Bitcoins’ como unidades de cuenta y clasificándolos en consecuencia como instrumentos financieros. A su vez, un representante de la oficina de impuestos británica respondía de la siguiente manera a una consulta realizada: “En base a la normativa vigente de prevención de blanqueo de capitales no se requiere registro del ‘Bitcoin’ en esta oficina. Sin embargo, se considera a ‘Bitcoin’ como una forma de moneda emergente”.
Recientemente, la Autoridad Bancaria Europea (EBA) ha manifestado su opinión sobre el ‘Bitcoin’. Según la EBA, mientras que las monedas virtuales siguen llenando titulares en los medios y están disfrutando de creciente popularidad, los consumidores deben ser conscientes de los riesgos asociados con ellos. En particular, los consumidores deben saber que las plataformas de cambio no están reguladas y no son Bancos registrados que tienen su moneda virtual en concepto de depósito. Actualmente , no existen protecciones normativas específicas de la UE que protejan a los consumidores de las pérdidas financieras en caso de que una plataforma digital se retire del negocio. La EBA agregó que los “monederos digitales” en los que los consumidores almacenan sus ‘Bitcoins’, no son impermeables a los piratas informáticos. Además, al utilizar la moneda virtual para las transacciones comerciales, los consumidores no están protegidos por ningún derecho de devolución previsto en la legislación comunitaria. La EBA también ha recordado que dado que las transacciones en la moneda virtual proporcionan un alto grado de anonimato, pueden ser utilizados para actividades delictivas , incluyendo el blanqueo de capitales . Este uso incorrecto podría inducir a las autoridades competentes a cerrar las plataformas de cambio a corto plazo con la incidencia que ello tendría sobre los consumidores. Advierte asimismo que los consumidores también deben seguir siendo conscientes de que el comercio en monedas virtuales puede tener implicaciones fiscales , y deben asegurarse de que cumplen con ellas.

En España hay escasos mimbres para tejer un criterio acerca de la naturaleza de la cibermoneda. Un operador mallorquín ha obtenido respuesta a una consulta vinculante (RV2228-13 de 8 de julio 2013) por parte de la Delegación Insular de Hacienda, en la cual se describe el marco jurídico al que deben atenerse quienes operen en una moneda virtual. Las monedas electrónicas tipificadas están exentas del pago de IVA e ITP. “Ahora bien, para ello sería necesario que la moneda electrónica objeto de adquisición y transmisión por el consultante cumpla los criterios definitorios establecidos en la Ley 21/2011, de dinero electrónico, cuestión que no es posible evaluar por parte de este Centro Directivo, dado que no se aporta información suficiente sobre las características de dicho medio de pago o moneda electrónica a efectos de realizar tal valoración.” Con los datos con los que contamos no parece que legalmente, el ‘Bitcoin’ pueda ser considerado “moneda” sino un bien o mercancía digital objeto de compraventa y sujeto a las obligaciones impositivas que rigen para cualquier otro bien de estas características.

Aun cuando la trayectoria ascendente de la criptomoneda digital es innegable, y algunas opiniones autorizadas, como la recogida en un reciente informe del ‘Bank of America’, le auguran un futuro inmediato exitoso, cuatro grandes obstáculos se alzan aun entre este alevín de moneda y su mayoría de edad. El primero, el indiscutible sesgo especulativo que prevalece sobre su utilización como moneda de cambio. El segunda deriva de no ser una moneda. Una moneda es a la vez unidad de cuenta, depósito de valor, medio de pago y medio de cancelación de deudas. Pero solo una moneda ‘de curso legal’ cumple la cuarta característica. ‘De curso legal’ significa que el deudor está ‘obligado’ a aceptar dicha moneda como redención de deudas, aspecto que no concurre en ‘Bitcoin’. El tercero surge al concluir el punto anterior. En el mismo instante en que ‘Bitcoin’ gozase del atributo de moneda de curso legal quedaría sometida al ámbito regulatorio de las autoridades monetarias lo que implicaría drásticos cambios en su construcción y ventajas actuales. En cuarto lugar el descrédito reputacional asociado a su opacidad. Presuntamente, una gran parte de las transacciones en las webs opacas, muchas de ellas ilegales, se hacen en ‘Bitcoins’. Aunque operar en ‘Bitcoins’ no sea un delito, no es un plato de gusto saber que uno navega en la plataforma preferida por los delincuentes. Además, a la larga, el potencial agujero negro aflorará, se someterá al imperio de la ley y las consecuencias pueden volverse muy en contra del proyecto incipiente.

Hay una quinta razón que puede ser circunstancial o estructural: su vulnerabilidad a los crackers, que deja sin protección a la clientela depositaria. Días atrás, la compañía de intercambio de bitcoins Mt.Gox, uno de los mayores mercados mundiales de la divisa virtual, se declaró en quiebra en un tribunal de Tokio consecuencia de la desaparición en sus redes de 850.000 bitcoins. La compañía ha acumulado una deuda de 2.600 millones de yenes (18,6 millones de euros), que difícilmente podrá repagar.

Un nuevo episodio en el culebrón de los bitcoins ha sido protagonizado días después por el banco de monedas virtuales Flexcoin, al denunciar el robo de todos los bitcoins que tenía en su hot wallet, una cantidad equivalente a los 450.000 euros. Puede que no sea el último.

A la vista de lo cual no parece muy recomendable navegar por unas aguas que además de turbias amenazan gravemente a la integridad patrimonial del inversor.

Imagen de Isokivi (CC by-sa)



Induciendo a la autocensura digital

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censuraImaginad que existiera un país con millones de habitantes, tantos que pudiera ser el segundo más poblado del mundo. Imaginad ahora que no conocierais ese país y que la única información que os llegara de él fuera a través de los medios de comunicación. Sigamos con el ejercicio de imaginación: pensad ahora que toda esa información se limitara a mostrar casos de insultos y amenazas vertidas entre sus ciudadanos o en su defecto, bromas de dudoso gusto. ¿Qué imagen tendríais de él? Dejemos de imaginar y pongámosle nombre: las redes sociales. Muchas personas que no “viven” allí o que transitan de vez en cuando, es la percepción que se/les han creado: un lugar poblado por las injurias, las calumnias, las amenazas y la frivolidad. Es decir, la excepción se muestra como la norma.

No sabemos si esta presión mediática o el miedo que genera lo desconocido (y que además no se puede controlar), empuja a los políticos a pensar en una regulación adicional en la red para perseguir conductas delictivas. Estas mismas conductas que se producen en bares, parques y calles y que no abren telediarios. Estas mismas conductas tipificadas ya como delito en el mundo analógico, en el que los límites de la libertad de expresión estén perfectamente trazados.

Sin embargo, las que se hacen en Twitter, Facebook y otros bares digitales, consumen últimamente muchos minutos y mucho papel de esos medios. Las declaraciones del Ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, sobre poner coto a la apología del delito en las redes sociales, no ayudan. Tampoco lo hace que la Fiscalía General del Estado anuncie mano dura contra cierto tipo de comentarios que susciten el odio en las redes. Porque este tipo de globos sonda genera temor entre los internautas a publicar su opinión libremente tras el bombardeo mediático que están recibiendo con noticias no muy precisas sobre detenciones, multas, … Y ahí está el problema: la inducción a la autocensura digital de personas y colectivos. Muchos movimientos sociales que tan bien han aprovechado las redes sociales, puede que ahora se amedrenten en estos espacios, al no quedar clara cuál es la línea que, traspasada, se convierte en delito. Porque se está jugando a enfangar el terreno de juego, cuando hasta ahora estaba muy claro, dado que hay una amplia jurisprudencia en el mundo analógico.

Tenemos también otro efecto colateral. Esta imagen que se genera desde los medios de comunicación puede provocar que la ciudadanía desconectada no quiera acercarse a las redes sociales, que tan ricas son en muchos otros aspectos. Esto podría acrecentar aún más la brecha digital, que desde hace unos años ya no es blanco o negro (estás conectado o no lo estás), sino que recoge más bien una escala de grises representada en las destrezas para una correcta ciudadanía digital.

Muchas personas nos preguntamos si este tipo de maniobras no responderán a una estrategia más amplia para desviar la atención de otras preguntas. O si al comprobar las posibilidades de organización que ofrecen estas redes sociales para provocar primaveras árabes, no estarán intentando desprestigiarlas con ese halo de frivolidad para que, precisamente, no las usemos en cosas importantes. Dudo que sepamos algún día si existe esa mano negra. Mientras tanto, debemos tomar conciencia como ciudadanos de que lo que sucede en internet tiene las mismas consecuencias que en el mundo analógico.

Imagen de Sami Ben Gharbia (CC by)



¿Tiene la tecnología ideología?

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Robot

Artículo publicado en la Revista Deusto Nº 123 (verano 2014).

A lo largo de la vida te sueles cruzar con afirmaciones que, por estar muy extendidas, se asimilan ya como ciertas sin reflexionar apenas sobre ellas. Una de esas que me suele poner en guardia es la de que la tecnología es neutral. Cuando alguien me lanza esta frase, le suelo recitar de memoria la primera ley de Kranzberg que dice que no es buena ni mala, pero tampoco neutral.

Sin ir más lejos, basta con analizar cómo determinadas aplicaciones o herramientas han cambiado nuestros comportamientos. Me viene a la cabeza el efecto que el WhatsApp ha supuesto en nuestra forma de quedar o interactuar. De pasar a tocarnos los timbres por los barrios o llegar puntuales a una cita, a depender de nuestro smartphone para ello. Incluso con patologías de nueva cuña como es el caso de la nomofobia (no mobile phone phobia), que engloba el pánico a estar sin móvil, o bien que nos quedemos sin batería, cobertura o saldo. Otro ejemplo es la concepción colaborativa que tiene ya una wiki como herramienta, sin necesidad de introducir a un ser humano en la ecuación. Y qué decir de la de una bomba atómica. Para verlo aún más claro, es recomendable leer el libro ‘La ballena y el reactor: Una búsqueda de los límites en la era de la alta tecnología‘ del politólogo Langdon Winner. En él se describe un caso real: los pasos elevados construidos durante los años veinte y treinta en Nueva York, que conectaban la ciudad con las zonas de recreo y playas de Long Island. Estos pasos eran inusualmente bajos, favoreciendo con ello el tránsito de vehículos particulares y obstaculizando el del transporte público. ¿Qué se logró con esto? Limitar la circulación de las clases más desfavorecidas a esas localizaciones. Por tanto, aunque los pasos eran arquitectónicamente correctos y cualquier persona hubiera podido transitar por ellos, no eran neutros.

Si centramos aún más el tiro en las redes sociales digitales, veremos que estas plataformas no son social ni ideológicamente neutrales. Hay una parte de ese déficit que viene marcada por la intencionalidad de las personas que las concibieron, pero también hay otra muy importante que se escapa a estos designios. Nicholas Carr describe muy bien esos efectos que están moldeando una nueva sociedad en su libro ‘Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?’. Nuestro cerebro se está convirtiendo en una herramienta excelente para gestionar la multitarea, al mismo tiempo que disminuye su capacidad de concentración en una sola ocupación. También habla de cómo estas ladronas de tiempo y atención, que son las redes sociales, bogan por una mayor superficialidad frente al pensamiento más profundo, poniendo énfasis en la inmediatez y los mensajes cortos.

Estas plataformas también están enfrentando conceptos como la comodidad versus la privacidad. De hecho, muchos creemos que nos encaminamos a una sociedad más parecida a lo que anticipó Huxley en ‘Un mundo feliz’ que al Gran Hermano que describe Orwell en ’1984′. Para explicar mejor esta cuestión, me voy a atrever a apropiarme del concepto de la Ventana de Johari, una herramienta de psicología cognitiva. Esta teoría fue expuesta por Joseph Luft y Harry Ingham, dos investigadores estadounidenses, allá por 1955. Se trata de un modelo que muestra nuestras interrelaciones desde dos prismas: cómo y cuánto nos exponemos a los demás y cómo y cuánto nos conocemos nosotros mismos. Esta ventana tiene cuatro cristales:

  • Cristal abierto: lo que yo conozco de mí misma y que además sabe el resto del mundo. Dicho de otra manera, ese nuevo concepto que está tan de moda en el mundo digital: la extimidad, aquello que hacemos público y accesible a todos.
  • Cristal oculto: lo que yo sé de mí misma pero no comparto con los demás. Ese bien cada vez menos preciado que es la intimidad.
  • Cristal ciego: todo aquello que los demás ven en nosotros y nosotros no detectamos (la impresión que causamos en los demás).
  • Cristal desconocido: lo que no sabemos nosotros ni los demás (el inconsciente).

En este caso me voy a centrar en las dos primeras áreas, que son las que más están evolucionando por el efecto de la tecnología. Si bien el cristal abierto antes crecía al mismo ritmo que la confianza (es decir, contra más conocías a alguien, más exponías de ti a esa persona), hoy en día esa zona está canibalizando al cristal oculto sin casi necesidad de un contacto previo. Nos gusta mostrarnos, hablar de nosotros mismos. Pocas cosas quedan en ese segundo cuadrante y casi siempre son aquellas que nos avergüenzan o no queremos que se sepan por el “qué dirán”.

En este punto es cuando muchas personas saltan con aquello de que, en última instancia, tú puedes decidir qué herramientas usar y cuáles no. De nuevo, otra falacia. Porque en muchas ocasiones, tanto el ámbito personal como el profesional nos empujan a esas plataformas, determinando la forma en la que socializamos e incitándonos a comportarnos de una determinada manera. Por ejemplo, si en el trabajo decides no usar el correo electrónico mientras que tu entorno sí lo utiliza, tendrás problemas. O si tus amigos se comunican a través de las redes sociales y tú no las usas, terminarás estando aislado socialmente. Como bien decía una compañera docente, no debemos preocuparnos por los jóvenes que están en las redes sociales sino por los que no lo están.

Las tecnologías han ido transformando las formas de pensamiento de la sociedad (no sabemos si a mejor o a peor), pero lo que sí es evidente es que neutrales no son. ¿Estarán mermando nuestra libertad como individuos y encima sin que seamos conscientes de ello?

Imagen de CJ Isherwood (CC by-sa)



Alarga el brazo y hazte un selfie

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Selfie en espejo

Artículo publicado en la Revista Deusto Nº 122 (primavera 2014).

Si algo le debemos a internet es la cantidad de nuevo vocabulario que está incorporando a nuestra conversación diaria. Porque, hasta hace unos meses, ¿quién sabía lo que era un selfie? Y ahora, sin embargo, es común escuchar esta palabra en las noticias o usarla con los amigos. Hay hasta quien prefiere hablar de ello con los vecinos en el ascensor en vez del tiempo. Y es que, cuando una palabra se pone de moda en la red, la manoseamos sin fin.

El término selfie hace referencia a las imágenes que tomamos de nosotros mismos, solos o en compañía de otras personas, generalmente con smartphones, tabletas, webcams, etc… y que luego publicamos en redes sociales. Hasta que los móviles no han ido incorporando cámaras frontales, muchos han sido los que practicaban el selfie frente a un espejo o estirando su brazo al máximo. Esta palabra tiene su alternativa en castellano, pero supongo que “autofoto” no tiene tanto carisma. Veremos si en unos años la RAE la incorpora, como ha hecho con otros vocablos digitales, como es el caso de tuit o blog.

La primera constancia que se tiene de este término es de 2002, en un foro de internet de una televisión australiana. Pero no ha sido hasta estos últimos años cuando ha logrado una gran popularidad, siendo incluso seleccionada como palabra del año 2013 por los diccionarios Oxford de lengua inglesa. El escándalo que levantó una autofoto que se tomaron los políticos Barack Obama, David Cameron y Helle Thorning-Schmidt durante el funeral de Nelson Mandela copó los medios de comunicación en diciembre de 2013. Ha habido incluso un selfie del papa Francisco con un grupo de adolescentes en una visita al Vaticano que arrasó en las redes sociales. Luego llegó Ellen DeGeneres, presentadora de la edición 2014 de los premios Oscar, que durante la gala hizo una fotografía junto a otros actores y actrices con su teléfono móvil, publicándola posteriormente en Twitter. Jamás hubiera imaginado que esa imagen iba a ser la más retuiteada de la historia. Tal ha sido el éxito de este selfie, que el tuit que tenía hasta ese momento el récord (la fotografía de Obama con su mujer tras conocer que había ganado las elecciones por segunda vez) contaba “solo” con 780.677 retuits. El de los Oscars va ya por los 3.429.139.

Pero el fenómeno selfie no es algo que haya aparecido con internet. La primera autofoto de la que se tiene constancia data de 1839. Robert Cornelius, uno de los pioneros de la fotografía, hizo un daguerrotipo de su propia persona. Como la captura de esta técnica requería de un elevado tiempo de exposición (como mínimo 10 minutos), le dio tiempo a destapar el objetivo de la cámara, sacarse la fotografía, y volver a tapar la cámara.

Ahora bien, el rey del selfie es sin duda el estadounidense Karl Baden, que lleva haciéndose una fotografía diaria de su cara desde 1987, acumulando ya 27 años documentando su envejecimiento. Ahora ha montado un vídeo que está colgado en YouTube para ver cómo ha cambiado durante este tiempo. Se pueden incluso apreciar los momentos en los que superó un cáncer.

Pero, ¿por qué nos gusta tanto hacernos selfies? ¿Narcisismo, reafirmación, diversión? El neurocientífico de la College University de Londres, James Kilner, nos dice que es un mecanismo para conocernos mejor. Y es que el rostro que menos vemos, salvo excepciones, es el nuestro. Nos pasamos el día viendo caras pero tenemos un gran desconocimiento de la nuestra. Tal es el caso que se han hecho experimentos en los que se mostraba a un individuo varias fotografías de él mismo (una original y varias retocadas) y al pedirle que encontrara su verdadera imagen, la mayoría de las veces fallaba.

También buscamos la aprobación de los demás al colgar estas fotografías en la red. Incluso algunas personas rozan ya lo ridículo buscando esta recompensa. Es el caso de un joven de Houston al que no se le ocurrió otra cosa que sacarse una autofoto mientras corría delante de un toro en un encierro, hasta el punto de ser casi embestido. O el caso de otro joven que viajaba en una avioneta en Hawai que se estrelló en el mar, y que se sacó varias autofotos mientras flotaba a la deriva con el chaleco salvavidas. De hecho, tendremos que seguir la pista a las derivaciones que han ido surgiendo del término: el helfie (foto del pelo de una persona), el belfie (foto del trasero) o el drelfie (un selfie borracho).

Y tú, ¿te has hecho un selfie esta semana?

Imagen de Lotus Carroll (CC by-nc-sa).



E-memoria

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E-memoria

Artículo publicado en la Revista Deusto Nº 121 (invierno 2014). En esta ocasión, tengo la suerte de escribirlo a cuatro manos con Enrique Pallarés.

Hace unos años, casi todos recordábamos las fechas de los cumpleaños de nuestros allegados. Incluso sus números de teléfono. Si alguien, durante una conversación hablaba de un actor al que ponías cara pero no nombre, te pasabas el resto de la tarde dándole a la cabeza hasta que, en mitad de otra conversación, saltabas con la respuesta. Sin embargo, cuando ahora descubres que, para recabar de toda esa información, dependemos de nuestro smartphone o la red social de turno, intuimos que algo está haciendo la tecnología con nuestras memorias.

Algunos hablan del efecto Google. Según una investigación de la psicóloga norteamericana Betsy Sparrow publicada en la revista Science, cuando no sabemos las respuestas a determinadas preguntas, automáticamente pensamos en internet como el lugar para encontrarlas (algo así como nuestra memoria externa). De hecho, si detectamos que esa información la podemos encontrar fácilmente, no la almacenamos posteriormente en nuestra cabeza. Sin embargo, sí lo hacemos si creemos que luego será difícil acceder a ella a través de la tecnología. Incluso, en ocasiones, no recordamos las respuestas pero sí el sitio donde las habíamos localizado.

En el otro extremo nos encontramos con proyectos de lifelogging que buscan dejar un registro digital de todos nuestros recuerdos. Es el caso de MyLifeBits, desarrollado por el investigador de Microsoft, Gordon Bell. Provisto de una cámara en miniatura alrededor del cuello con GPS y una grabadora de audio en el codo, lleva años sacando fotografías cada 60 segundos, guardando todos los emails enviados y recibidos, las páginas web visitadas, llamadas telefónicas, incluso sus pulsaciones en el teclado… Es decir, su vida entera en un disco duro (cada mes genera un gigabyte de información). Además, es capaz de acceder de una manera sencilla a esa cantidad ingente de datos, logrando recuperar con facilidad con quién se cruzó por la calle el día anterior o la conversación que mantuvo hace 10 años.

Parece una locura, pero poco a poco, con el bajo coste del almacenamiento y nuestro uso de la tecnología, todos vamos creando ese lifelogging casi sin ser conscientes, dejando una constante baba de caracol en redes sociales, webs, blogs, … Lo que habrá que cuestionarse es quién tiene acceso a eso y de qué manera. De hecho, elementos tecnológicos que van apareciendo tienen tintes de ser nuestro Gran Hermano particular, como sucede con las Google Glasses que podrían grabarlo todo. Os recomendamos ver el capítulo de la serie distópica de televisión británica Black Mirror «Tu historia completa», que describe a una sociedad donde todos los ciudadanos tienen un chip implantado detrás de la oreja, que registra todo lo que hacen, ven o escuchan, permitiendo luego acceder a esos recuerdos. Inquietante… pero no por lo futurista sino más bien por lo factible y cercano que parece.

Internet pone en la punta de nuestros dedos un océano de datos. Pero, sin selección, tener acceso a toda la información es como no tener acceso a nada. La memoria de Funes el memorioso, en el relato de Borges, era inútil porque recordaba con la misma intensidad todo lo que había percibido: todas y cada una de las hojas que había visto caer, lo esencial lo mismo que lo trivial. No basta con echar la red de Google, sino hacerlo en el lugar adecuado, a la vez que uno se aplica a la imprescindible tarea de separar la lubina y la langosta, del zapato roto y del plástico inútil. Google no ofrece los resultados por orden de solidez científica ni siquiera con garantía de objetividad y verdad. Queda un amplio margen, pues, para la siempre necesaria selección crítica. Ante un documento «encontrado» en internet conviene plantearse preguntas como estas: ¿Quién es el autor de la información y cuál es su competencia o preparación sobre lo que escribe? ¿Qué tipo de documento es: artículo académico, artículo periodístico, post de un blog, etc.? ¿Es original o la información procede de otro documento? ¿Tiene el documento y el sitio donde está alojado el respaldo de alguna institución académica o científica de garantía? ¿En qué fecha se publicó? ¿Qué argumentos utiliza? ¿Puede estar ya obsoleta la información? Etc.

¿Hace internet y la tecnología que nuestra memoria se dedique a cosas realmente importantes, despejándola de datos superfluos, o por el contrario la vuelve más vaga? Quizás sin el ejercicio apropiado, se vaya degradando poco a poco hasta llegar a un punto de no regreso porque no nos acordemos de si eso era importante. Aunque esto mismo sostenía Sócrates en su día sobre la escritura a la que le otorgaba la propiedad de destrucción de la memoria y debilitamiento del pensamiento. En el Fedro de Platón, relata Sócrates la reprensión del rey Thamus a Teuth, cuando este último le presentó con orgullo su invento de la escritura: «Producirá en el alma de los que la aprendan el olvido por el descuido de la memoria, ya que, fiándose de la escritura, recordarán de un modo externo, valiéndose de caracteres ajenos; no desde su propio interior y de por sí». En 1477, no muchos años después de la invención de la imprenta, Hieronimo Squarciafico, humanista y conocido editor veneciano, expresó una preocupación semejante respecto a este nuevo invento: «La abundancia de libros hará a los hombres menos estudiosos». Hoy comprobamos que ni la escritura ni la imprenta han conseguido destruir la memoria. Por el contrario, con la escritura y los libros han aumentado las posibilidades –y la necesidad– de ejercitarla.

Por otro lado, también deberíamos valorar más nuestra capacidad de olvido, donde se fundamentan acciones como el perdón. Pero para que nadie se olvide de este artículo, por si acaso, lo dejaremos aquí por escrito.

Imagen de Nicholas “Lord Gordon” (CC by-nc-nd).



El Zeitgeist de los Zeitgeist

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game over 2013No soy muy amiga de escribir resúmenes de año. Tampoco de hacerme propósitos para el que entra (porque ya sé dónde van a acabar… ;-) ). Pero como me ha tocado elaborarlo para la radio y llevo mucho tiempo sin escribir en el blog, aquí os va un Zeitgeist de los Zeitgeist.

Este término alemán se puede traducir como “espíritu de nuestro tiempo“, englobando el concepto de clima intelectual y cultural de una era. Es además una palabra que usan mucho las plataformas web para hacer su repaso anual. Ese es el caso de Google, que desde 2000 saca los términos que más se han buscado por países. Este año en España nos encontramos con datos como los que siguen:

  • Términos que han registrado un mayor crecimiento: personajes (algunos de ellos fallecidos) como Paul Walker o Álvaro Bultó, apps como Line o Apalabrados y programas de televisión ya viejitos como Gran Hermano o Eurovisión.
  • Han hecho un análisis específico de la palabra crisis, por la que está cayendo. Sin embargo, “crisis de ansiedad” supera a “crisis económica” en las búsquedas. Les siguen “crisis de pareja”, “crisis de subsistencia” y “crisis existencial”.
  • Personajes que han arrasado en las búsquedas: tenemos al cantante Pablo Alborán, seguido de la controvertida Miley Cyrus.
  • De entre las búsquedas “Qué es…” encontramos: qué es escrache (que ha sido nombrada también como la palabra del año por la Fundéu), qué es ciclogénesis (una palabra que nos han enseñado los telediarios) o qué es reiki.
  • Para la pregunta “Cómo…”, tenemos, por ejemplo, cómo pagar Whatsapp, cómo tener labia o cómo ahorrar luz.
  • Acontecimientos sociales: el accidente de tren de Santiago, la Fiesta del cine o el atentado de Boston se cuelan entre los top 10.
  • En el terreno musical, los cantantes con mayor crecimiento de este año son el fallecido Lou Reed y la nueva sensación de Disney, Violetta.
  • En el mundo del deporte, dos profesionales que nos abandonaron este año: Álvaro Bultó y María de Villota.
  • Tecnología: el Nexus 5, el iPhone 5 y la PS4 y en cuanto a las aplicaciones que destacan nos encontramos con Line, Invizimals o la DGT.

Pero como no solo de Google vive el ser humano, ¿qué más ha pasado este 2013?

En noviembre Twitter salió a bolsa al igual que lo hiciera Facebook el año pasado. A pesar de que muchas personas hablan de una nueva burbuja bursátil, ambas plataformas van a cerrar previsiblemente el año duplicando su valor. Por cierto, si Facebook tuvo su película, Twitter también contará con su serie.

Está claro que 2013 ha sido el año de los formatos más visuales, siendo las fotografías y los vídeos los principales contenidos generados en internet. Las redes sociales han movido ficha durante 2013 en este ámbito: Twitter lanzó en enero Vine para compartir vídeos de 6 segundos o menos. Facebook reaccionó activando también los vídeos en Instagram.

Además de vídeos e imágenes, seguimos trabajando las presentaciones. Slideshare ha sacado su Zeitgeist 2013 analizando todas las que se han subido este año a su plataforma. Las conclusiones son claras: las presentaciones más exitosas son cada vez más cortas, con menos texto y más imágenes.

En cuanto a seguridad y privacidad, tenemos un protagonista indiscutible: Edward Snowden, que destapó los programas de vigilancia masiva de la NSA, dejando la seguridad de internet en entredicho. Como él bien decía, si los estados quieren saber lo que piensan los ciudadanos, que les pregunten y no les espíen. Un nuevo concepto de contenidos con fecha de caducidad está tomando fuerza en EE.UU. gracias al éxito de Snapchat, una app de mensajería instantánea que permite compartir mensajes que se borran una vez leídos. Facebook le ha tirado los trastos ya varias veces, pero por ahora se resisten a ser comprados.

Tenemos moneda nueva en la oficina: Bitcoin. Esta moneda virtual ha dado mucho que hablar durante 2013, superando en noviembre el umbral simbólico de los 1.000 dólares. Popular entre los “geeks”, el bitcoin también se ha vuelto la moneda “oficial” de los criminales, por ejemplo, para vender drogas en la web clandestina Silk Road, cerrada en octubre por el FBI.

Google nos presentaba en febrero de 2013 lo que esperan que sea su proyecto estrella de realidad aumentada: Google Glass. Aún no están a la venta, pero muchos indican que pudieran ya ser el regalo estrella de 2014.

Musicalmente hablando, si analizamos el año en Spotify, nos encontramos con los siguientes datos:

  • 4.500 millones de horas de escucha.
  • 24 millones de usuarios.
  • Cantantes y grupos más famosos: Rihana, Macklemore e Imagine Dragons.
  • Canción más viral: Get Lucky de Daft Punk.
  • El 20% de las canciones del catálogo de spotify nunca han sido escuchadas.

Juego de Tronos ha sido, por segundo año consecutivo, la serie más descargada en internet, según Torrent Freak, siendo el número de descargas superior al de telespectadores. Le siguen Breaking Bad y The Walking Dead.

También tenemos a los perdedores del año: el PC, que ve como sus ventas bajan sin parar ante smartphones y tabletas; Microsoft, que no termina de adaptarse al nuevo mundo sin PC y BlackBerry, que al igual que Nokia en su día, está sufriendo a Android e iOS. De hecho, Android se ha convertido en el sistema operativo de smartphones favorito, superando a iOS. Pero que se ande con ojo Google porque algunos de los fabricantes que lo incorporan en sus móviles, como es el caso de Samsung, están empezando a impulsar su propio sistema. Aquí tenéis más fracasos tecnológicos de 2013.

¿Y qué nos deparará el 2014? Pues muchas palabras nos taladrarán los oídos día sí y día también: Big Data, impresión 3D, Internet de las Cosas, …

Desde este pequeño txoko digital que cumplirá sus 9 años de vida este 2014, os deseo que tengáis un año espectacular. Pero no vale con esperar a que sea así… tenéis que hacerlo espectacular vosotros.

¡Nos seguimos leyendo un año más!



La chequera de Google

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Caja registradora

Artículo publicado en la Revista Deusto Nº 120 (otoño 2013).

Lejos queda ya el día en el que dos estudiantes de doctorado de Stanford juntaron sus caminos para desarrollar un motor de búsqueda que actualmente resulta imprescindible en nuestras vidas digitales. Un servicio que en sus inicios (27 de septiembre de 1998) estaba soportado por un servidor con 80 CPU y dos routers HP. Ahora, bajo el paraguas de Google, podemos encontrar infinidad de servicios dispares y más de 50.000 empleados seleccionados minuciosamente entre lo mejorcito. Pero no todos los servicios han sido creaciones de esos excelentes ingenieros. Google tira de chequera con bastante facilidad haciendo buena la máxima de “Si no puedes con el enemigo, únete a él”. De hecho, la propia compañía dice que, de media, adquiere más de una empresa por semana desde 2010. Nos daremos aquí un paseo por algunas de esas compras que, con más o menos éxito, ha hecho el gigante de Mountain View.

Sin duda, el servicio más conocido y que antes nos salta a la mente es YouTube. La plataforma de vídeos fue creada en febrero de 2005 por tres antiguos empleados de Paypal y su éxito no se hizo esperar. Para diciembre de ese mismo año recibían ya más de 50 millones de visitas al día. Ese boom no pasó desapercibido a los ojos de Google, que intentó plantarle cara con su propia web (Google Video) pero se rindió a la evidencia, comprando YouTube por 1.650 millones de dólares en acciones en octubre de 2006.

Blogger, uno de los primeros servicios de publicación de bitácoras, también fue una adquisición sonada. Lanzado en 1999, Google se hizo con la empresa Pyra Labs, madre de la criatura, en 2003 para comerle terreno a la que era por entonces la plataforma de blogs con más éxito: Movable Type. La compra hizo que todos los servicios premium de Blogger se volvieran gratuitos y ha sufrido múltiples “cirugías estéticas” para cambiar su aspecto. En la actualidad sigue siendo un referente junto con WordPress.

Si os hablo de Dodgeball, quizás no os suene de nada. Sin embargo, si menciono Google Latitude, puede que os diga más. Ese es el nombre que tiene actualmente esta herramienta. Dodgeball era un servicio con el que compartir la localización mediante SMS, para así saber dónde estaban tus amigos o encontrar sitios interesantes. A estas alturas del artículo, ya sabéis cómo acaba esta historia. Una práctica muy habitual por parte de Google es, además de comprar el producto, hacerse con los servicios de sus creadores. Sin embargo, con Dodgeball la cosa terminó mal y sus dos fundadores abandonaron Google de malas maneras. Meses después crearon Foursquare, consiguiendo vencer a su antiguo producto y, a la vez, dar en las narices al gigante de internet.

No solo de software vive Google. La empresa de móviles Motorola cayó también en sus redes en agosto de 2011. La razón de esta compra no era tanto la de lanzarse a fabricar “cacharrería”, sino contrarrestar a Apple en el contencioso que mantenían mediante patentes. Con la compra, Google se hizo con más de 17.000 patentes que tenía aprobadas la compañía especializada en electrónica y telecomunicaciones.

En España, algún emprendedor también ha vivido esta situación de ensueño (… o pesadilla, dependiendo que cómo termine la historia). Es el caso de Panoramio, una web donde los usuarios cuelgan imágenes geolocalizadas. En octubre de 2005, Joaquín Cuenca y Eduardo Manchón pusieron en marcha su proyecto. Dos años después, Google llamaba a su puerta. Ese fue el caso igualmente de la web VirusTotal.com, de Hispasec Sistemas, una empresa de seguridad informática malagueña.

Pero, a pesar de lo que pudiera parecer, Google no es el rey Midas y todo lo que toca no se convierte en oro. Y si no, que se lo digan a Jaiku, una plataforma de microblogging, que Google adquirió para intentar paliar el éxito de Twitter. Sin embargo, con la maldición que tiene en el mundo de las redes sociales, no alcanzó su meta, abandonando dos años después el proyecto.

Otras compras sonadas han sido Picasa, el servicio de imágenes junto a Picnik, para la edición de fotografías; la herramienta de creación de feeds, Feedburner; la empresa de publicidad digital, DoubleClick; el sistema operativo de móviles Android y así un largo etcétera. Tan largo, que el modelo de negocio de muchas startups es que Google las compre. Ahora bien, que los chicos de California se anden con ojo, porque otros multimillonarios de internet han sacado también su cartera a pasear.

Imagen de Historias Visuales (CC by-nc-sa).



Elaborando el plan de medios sociales para un centro educativo

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Lo prometido es deuda. Anuncié que dejaría por aquí el material que usé en el curso “Educación conectada: la escuela en tiempos de redes” organizado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte y la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, y una tiene palabra digital.



Nombres como Facebook, Tuenti o Twitter forman ya parte de nuestro día a día. Si bien seguimos hablando del tiempo con los vecinos en los ascensores, quizás en ocasiones nos descubramos consultando en nuestro smartphone sus últimas actualizaciones (o pasemos a hablar del tiempo en este nuevo espacio digital). Todo un cambio tecnológico, comunicacional y, como no, social (entrando en ocasiones en el debate de si es antes el huevo o la gallina). Las redes sociales no son un invento que haya surgido al amparo de internet. Siempre han existido, solo que ahora se ha incrementado el tamaño de las mismas gracias a la tecnología. Como dice Genís Roca, “la capa digital es como un superpoder que permite ampliar las capacidades de los seres humanos”. La cuestión está en quién tiene ese superpoder, quién quiere este poder y quién puede tener este superpoder. Pero una cosa es ya evidente: los jóvenes de hoy en día vienen con el superpoder de serie. Pero ojo, porque su superpoder consiste en sentir como algo natural a la tecnología y no temerla. Pero no supone que vengan aprendidos de sus peligros o de sus posibilidades. De hecho, descubrimos en ocasiones que al dar por asumida esa tecnología, se dejan de hacer preguntas.

La incertidumbre que nos genera lo que no podemos controlar, normalmente nos paraliza. El ser humano por naturaleza necesita gobernar lo que hace, entender lo que le rodea. Tendemos a asimilar lo desconocido como un peligro potencial en vez de hacerlo como una oportunidad. Es por esto, que las nuevas tecnologías nos provocan una serie de miedos que tendremos que aprender a controlar: la celeridad con la que cambian (muy típica también de la sociedad en la que vivimos), la privacidad, las condiciones de uso (o abuso) de algunas plataformas… Como personas, ciudadanos, podemos elegir: vivir en la red (residentes digitales), visitar la red (visitantes digitales), incluso ignorar la red. Pero como padres, formadores, docentes… tenemos la responsabilidad de conocer, puesto que vamos a educar para vivir en la red. Los que estamos fuera de esos límites difusos que nos pone la etiqueta “nativos digitales”, seguimos dando vueltas a esto de la identidad digital recursivamente sin percatarnos de que, los que vienen por detrás, ya no se lo plantean y nos miran con caras raras. Su identidad digital está más que asumida y dan por hecho también que la identidad digital de las instituciones que les rodean debería ser así.

Para diseñar un plan de medios sociales para un centro educativo tenemos que arrancar respondiendo a una serie de preguntas que nos marcarán el rumbo del mismo: ¿qué objetivos perseguimos con los medios sociales en internet? ¿a quién nos queremos dirigir? ¿dónde lo haremos? ¿cómo y cuándo? ¿cómo mediremos la efectividad de nuestras acciones? Estas respuestas determinarán un modelo de presencia en la red que debe quedar recogido negro sobre blanco, evitando así la improvisación y los bandazos, porque en internet los patinazos se pagan caros. Debemos tener en cuenta que no se trata de un plan aislado, sino que debe formar parte del plan de comunicación global que integrará acciones online y offline. Además, debe quedar también claro qué personas serán las responsables de ejecutar esas acciones, para que no quede como una serie de obras aisladas hechas por voluntarismo.

Durante el curso, dividimos la sesión según las preguntas que debe responder el plan de medios sociales, para trabajar luego en grupo esas cuestiones. De hecho, hicimos en clase un esqueleto que podéis consultar y comentar. La experiencia fue de diez. Como siempre, acabo yo aprendiendo casi más que enseñando. Agradecer a José Luis Cabello y Carlos Magro la oportunidad y a todas las personas con las que coincidí por hacerme sentir como en casa :-).

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