Induciendo a la autocensura digital

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censuraImaginad que existiera un país con millones de habitantes, tantos que pudiera ser el segundo más poblado del mundo. Imaginad ahora que no conocierais ese país y que la única información que os llegara de él fuera a través de los medios de comunicación. Sigamos con el ejercicio de imaginación: pensad ahora que toda esa información se limitara a mostrar casos de insultos y amenazas vertidas entre sus ciudadanos o en su defecto, bromas de dudoso gusto. ¿Qué imagen tendríais de él? Dejemos de imaginar y pongámosle nombre: las redes sociales. Muchas personas que no “viven” allí o que transitan de vez en cuando, es la percepción que se/les han creado: un lugar poblado por las injurias, las calumnias, las amenazas y la frivolidad. Es decir, la excepción se muestra como la norma.

No sabemos si esta presión mediática o el miedo que genera lo desconocido (y que además no se puede controlar), empuja a los políticos a pensar en una regulación adicional en la red para perseguir conductas delictivas. Estas mismas conductas que se producen en bares, parques y calles y que no abren telediarios. Estas mismas conductas tipificadas ya como delito en el mundo analógico, en el que los límites de la libertad de expresión estén perfectamente trazados.

Sin embargo, las que se hacen en Twitter, Facebook y otros bares digitales, consumen últimamente muchos minutos y mucho papel de esos medios. Las declaraciones del Ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, sobre poner coto a la apología del delito en las redes sociales, no ayudan. Tampoco lo hace que la Fiscalía General del Estado anuncie mano dura contra cierto tipo de comentarios que susciten el odio en las redes. Porque este tipo de globos sonda genera temor entre los internautas a publicar su opinión libremente tras el bombardeo mediático que están recibiendo con noticias no muy precisas sobre detenciones, multas, … Y ahí está el problema: la inducción a la autocensura digital de personas y colectivos. Muchos movimientos sociales que tan bien han aprovechado las redes sociales, puede que ahora se amedrenten en estos espacios, al no quedar clara cuál es la línea que, traspasada, se convierte en delito. Porque se está jugando a enfangar el terreno de juego, cuando hasta ahora estaba muy claro, dado que hay una amplia jurisprudencia en el mundo analógico.

Tenemos también otro efecto colateral. Esta imagen que se genera desde los medios de comunicación puede provocar que la ciudadanía desconectada no quiera acercarse a las redes sociales, que tan ricas son en muchos otros aspectos. Esto podría acrecentar aún más la brecha digital, que desde hace unos años ya no es blanco o negro (estás conectado o no lo estás), sino que recoge más bien una escala de grises representada en las destrezas para una correcta ciudadanía digital.

Muchas personas nos preguntamos si este tipo de maniobras no responderán a una estrategia más amplia para desviar la atención de otras preguntas. O si al comprobar las posibilidades de organización que ofrecen estas redes sociales para provocar primaveras árabes, no estarán intentando desprestigiarlas con ese halo de frivolidad para que, precisamente, no las usemos en cosas importantes. Dudo que sepamos algún día si existe esa mano negra. Mientras tanto, debemos tomar conciencia como ciudadanos de que lo que sucede en internet tiene las mismas consecuencias que en el mundo analógico.

Imagen de Sami Ben Gharbia (CC by)



¿Tiene la tecnología ideología?

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Robot

Artículo publicado en la Revista Deusto Nº 123 (verano 2014).

A lo largo de la vida te sueles cruzar con afirmaciones que, por estar muy extendidas, se asimilan ya como ciertas sin reflexionar apenas sobre ellas. Una de esas que me suele poner en guardia es la de que la tecnología es neutral. Cuando alguien me lanza esta frase, le suelo recitar de memoria la primera ley de Kranzberg que dice que no es buena ni mala, pero tampoco neutral.

Sin ir más lejos, basta con analizar cómo determinadas aplicaciones o herramientas han cambiado nuestros comportamientos. Me viene a la cabeza el efecto que el WhatsApp ha supuesto en nuestra forma de quedar o interactuar. De pasar a tocarnos los timbres por los barrios o llegar puntuales a una cita, a depender de nuestro smartphone para ello. Incluso con patologías de nueva cuña como es el caso de la nomofobia (no mobile phone phobia), que engloba el pánico a estar sin móvil, o bien que nos quedemos sin batería, cobertura o saldo. Otro ejemplo es la concepción colaborativa que tiene ya una wiki como herramienta, sin necesidad de introducir a un ser humano en la ecuación. Y qué decir de la de una bomba atómica. Para verlo aún más claro, es recomendable leer el libro ‘La ballena y el reactor: Una búsqueda de los límites en la era de la alta tecnología‘ del politólogo Langdon Winner. En él se describe un caso real: los pasos elevados construidos durante los años veinte y treinta en Nueva York, que conectaban la ciudad con las zonas de recreo y playas de Long Island. Estos pasos eran inusualmente bajos, favoreciendo con ello el tránsito de vehículos particulares y obstaculizando el del transporte público. ¿Qué se logró con esto? Limitar la circulación de las clases más desfavorecidas a esas localizaciones. Por tanto, aunque los pasos eran arquitectónicamente correctos y cualquier persona hubiera podido transitar por ellos, no eran neutros.

Si centramos aún más el tiro en las redes sociales digitales, veremos que estas plataformas no son social ni ideológicamente neutrales. Hay una parte de ese déficit que viene marcada por la intencionalidad de las personas que las concibieron, pero también hay otra muy importante que se escapa a estos designios. Nicholas Carr describe muy bien esos efectos que están moldeando una nueva sociedad en su libro ‘Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?’. Nuestro cerebro se está convirtiendo en una herramienta excelente para gestionar la multitarea, al mismo tiempo que disminuye su capacidad de concentración en una sola ocupación. También habla de cómo estas ladronas de tiempo y atención, que son las redes sociales, bogan por una mayor superficialidad frente al pensamiento más profundo, poniendo énfasis en la inmediatez y los mensajes cortos.

Estas plataformas también están enfrentando conceptos como la comodidad versus la privacidad. De hecho, muchos creemos que nos encaminamos a una sociedad más parecida a lo que anticipó Huxley en ‘Un mundo feliz’ que al Gran Hermano que describe Orwell en ’1984′. Para explicar mejor esta cuestión, me voy a atrever a apropiarme del concepto de la Ventana de Johari, una herramienta de psicología cognitiva. Esta teoría fue expuesta por Joseph Luft y Harry Ingham, dos investigadores estadounidenses, allá por 1955. Se trata de un modelo que muestra nuestras interrelaciones desde dos prismas: cómo y cuánto nos exponemos a los demás y cómo y cuánto nos conocemos nosotros mismos. Esta ventana tiene cuatro cristales:

  • Cristal abierto: lo que yo conozco de mí misma y que además sabe el resto del mundo. Dicho de otra manera, ese nuevo concepto que está tan de moda en el mundo digital: la extimidad, aquello que hacemos público y accesible a todos.
  • Cristal oculto: lo que yo sé de mí misma pero no comparto con los demás. Ese bien cada vez menos preciado que es la intimidad.
  • Cristal ciego: todo aquello que los demás ven en nosotros y nosotros no detectamos (la impresión que causamos en los demás).
  • Cristal desconocido: lo que no sabemos nosotros ni los demás (el inconsciente).

En este caso me voy a centrar en las dos primeras áreas, que son las que más están evolucionando por el efecto de la tecnología. Si bien el cristal abierto antes crecía al mismo ritmo que la confianza (es decir, contra más conocías a alguien, más exponías de ti a esa persona), hoy en día esa zona está canibalizando al cristal oculto sin casi necesidad de un contacto previo. Nos gusta mostrarnos, hablar de nosotros mismos. Pocas cosas quedan en ese segundo cuadrante y casi siempre son aquellas que nos avergüenzan o no queremos que se sepan por el “qué dirán”.

En este punto es cuando muchas personas saltan con aquello de que, en última instancia, tú puedes decidir qué herramientas usar y cuáles no. De nuevo, otra falacia. Porque en muchas ocasiones, tanto el ámbito personal como el profesional nos empujan a esas plataformas, determinando la forma en la que socializamos e incitándonos a comportarnos de una determinada manera. Por ejemplo, si en el trabajo decides no usar el correo electrónico mientras que tu entorno sí lo utiliza, tendrás problemas. O si tus amigos se comunican a través de las redes sociales y tú no las usas, terminarás estando aislado socialmente. Como bien decía una compañera docente, no debemos preocuparnos por los jóvenes que están en las redes sociales sino por los que no lo están.

Las tecnologías han ido transformando las formas de pensamiento de la sociedad (no sabemos si a mejor o a peor), pero lo que sí es evidente es que neutrales no son. ¿Estarán mermando nuestra libertad como individuos y encima sin que seamos conscientes de ello?

Imagen de CJ Isherwood (CC by-sa)



Alarga el brazo y hazte un selfie

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Selfie en espejo

Artículo publicado en la Revista Deusto Nº 122 (primavera 2014).

Si algo le debemos a internet es la cantidad de nuevo vocabulario que está incorporando a nuestra conversación diaria. Porque, hasta hace unos meses, ¿quién sabía lo que era un selfie? Y ahora, sin embargo, es común escuchar esta palabra en las noticias o usarla con los amigos. Hay hasta quien prefiere hablar de ello con los vecinos en el ascensor en vez del tiempo. Y es que, cuando una palabra se pone de moda en la red, la manoseamos sin fin.

El término selfie hace referencia a las imágenes que tomamos de nosotros mismos, solos o en compañía de otras personas, generalmente con smartphones, tabletas, webcams, etc… y que luego publicamos en redes sociales. Hasta que los móviles no han ido incorporando cámaras frontales, muchos han sido los que practicaban el selfie frente a un espejo o estirando su brazo al máximo. Esta palabra tiene su alternativa en castellano, pero supongo que “autofoto” no tiene tanto carisma. Veremos si en unos años la RAE la incorpora, como ha hecho con otros vocablos digitales, como es el caso de tuit o blog.

La primera constancia que se tiene de este término es de 2002, en un foro de internet de una televisión australiana. Pero no ha sido hasta estos últimos años cuando ha logrado una gran popularidad, siendo incluso seleccionada como palabra del año 2013 por los diccionarios Oxford de lengua inglesa. El escándalo que levantó una autofoto que se tomaron los políticos Barack Obama, David Cameron y Helle Thorning-Schmidt durante el funeral de Nelson Mandela copó los medios de comunicación en diciembre de 2013. Ha habido incluso un selfie del papa Francisco con un grupo de adolescentes en una visita al Vaticano que arrasó en las redes sociales. Luego llegó Ellen DeGeneres, presentadora de la edición 2014 de los premios Oscar, que durante la gala hizo una fotografía junto a otros actores y actrices con su teléfono móvil, publicándola posteriormente en Twitter. Jamás hubiera imaginado que esa imagen iba a ser la más retuiteada de la historia. Tal ha sido el éxito de este selfie, que el tuit que tenía hasta ese momento el récord (la fotografía de Obama con su mujer tras conocer que había ganado las elecciones por segunda vez) contaba “solo” con 780.677 retuits. El de los Oscars va ya por los 3.429.139.

Pero el fenómeno selfie no es algo que haya aparecido con internet. La primera autofoto de la que se tiene constancia data de 1839. Robert Cornelius, uno de los pioneros de la fotografía, hizo un daguerrotipo de su propia persona. Como la captura de esta técnica requería de un elevado tiempo de exposición (como mínimo 10 minutos), le dio tiempo a destapar el objetivo de la cámara, sacarse la fotografía, y volver a tapar la cámara.

Ahora bien, el rey del selfie es sin duda el estadounidense Karl Baden, que lleva haciéndose una fotografía diaria de su cara desde 1987, acumulando ya 27 años documentando su envejecimiento. Ahora ha montado un vídeo que está colgado en YouTube para ver cómo ha cambiado durante este tiempo. Se pueden incluso apreciar los momentos en los que superó un cáncer.

Pero, ¿por qué nos gusta tanto hacernos selfies? ¿Narcisismo, reafirmación, diversión? El neurocientífico de la College University de Londres, James Kilner, nos dice que es un mecanismo para conocernos mejor. Y es que el rostro que menos vemos, salvo excepciones, es el nuestro. Nos pasamos el día viendo caras pero tenemos un gran desconocimiento de la nuestra. Tal es el caso que se han hecho experimentos en los que se mostraba a un individuo varias fotografías de él mismo (una original y varias retocadas) y al pedirle que encontrara su verdadera imagen, la mayoría de las veces fallaba.

También buscamos la aprobación de los demás al colgar estas fotografías en la red. Incluso algunas personas rozan ya lo ridículo buscando esta recompensa. Es el caso de un joven de Houston al que no se le ocurrió otra cosa que sacarse una autofoto mientras corría delante de un toro en un encierro, hasta el punto de ser casi embestido. O el caso de otro joven que viajaba en una avioneta en Hawai que se estrelló en el mar, y que se sacó varias autofotos mientras flotaba a la deriva con el chaleco salvavidas. De hecho, tendremos que seguir la pista a las derivaciones que han ido surgiendo del término: el helfie (foto del pelo de una persona), el belfie (foto del trasero) o el drelfie (un selfie borracho).

Y tú, ¿te has hecho un selfie esta semana?

Imagen de Lotus Carroll (CC by-nc-sa).



E-memoria

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E-memoria

Artículo publicado en la Revista Deusto Nº 121 (invierno 2014). En esta ocasión, tengo la suerte de escribirlo a cuatro manos con Enrique Pallarés.

Hace unos años, casi todos recordábamos las fechas de los cumpleaños de nuestros allegados. Incluso sus números de teléfono. Si alguien, durante una conversación hablaba de un actor al que ponías cara pero no nombre, te pasabas el resto de la tarde dándole a la cabeza hasta que, en mitad de otra conversación, saltabas con la respuesta. Sin embargo, cuando ahora descubres que, para recabar de toda esa información, dependemos de nuestro smartphone o la red social de turno, intuimos que algo está haciendo la tecnología con nuestras memorias.

Algunos hablan del efecto Google. Según una investigación de la psicóloga norteamericana Betsy Sparrow publicada en la revista Science, cuando no sabemos las respuestas a determinadas preguntas, automáticamente pensamos en internet como el lugar para encontrarlas (algo así como nuestra memoria externa). De hecho, si detectamos que esa información la podemos encontrar fácilmente, no la almacenamos posteriormente en nuestra cabeza. Sin embargo, sí lo hacemos si creemos que luego será difícil acceder a ella a través de la tecnología. Incluso, en ocasiones, no recordamos las respuestas pero sí el sitio donde las habíamos localizado.

En el otro extremo nos encontramos con proyectos de lifelogging que buscan dejar un registro digital de todos nuestros recuerdos. Es el caso de MyLifeBits, desarrollado por el investigador de Microsoft, Gordon Bell. Provisto de una cámara en miniatura alrededor del cuello con GPS y una grabadora de audio en el codo, lleva años sacando fotografías cada 60 segundos, guardando todos los emails enviados y recibidos, las páginas web visitadas, llamadas telefónicas, incluso sus pulsaciones en el teclado… Es decir, su vida entera en un disco duro (cada mes genera un gigabyte de información). Además, es capaz de acceder de una manera sencilla a esa cantidad ingente de datos, logrando recuperar con facilidad con quién se cruzó por la calle el día anterior o la conversación que mantuvo hace 10 años.

Parece una locura, pero poco a poco, con el bajo coste del almacenamiento y nuestro uso de la tecnología, todos vamos creando ese lifelogging casi sin ser conscientes, dejando una constante baba de caracol en redes sociales, webs, blogs, … Lo que habrá que cuestionarse es quién tiene acceso a eso y de qué manera. De hecho, elementos tecnológicos que van apareciendo tienen tintes de ser nuestro Gran Hermano particular, como sucede con las Google Glasses que podrían grabarlo todo. Os recomendamos ver el capítulo de la serie distópica de televisión británica Black Mirror «Tu historia completa», que describe a una sociedad donde todos los ciudadanos tienen un chip implantado detrás de la oreja, que registra todo lo que hacen, ven o escuchan, permitiendo luego acceder a esos recuerdos. Inquietante… pero no por lo futurista sino más bien por lo factible y cercano que parece.

Internet pone en la punta de nuestros dedos un océano de datos. Pero, sin selección, tener acceso a toda la información es como no tener acceso a nada. La memoria de Funes el memorioso, en el relato de Borges, era inútil porque recordaba con la misma intensidad todo lo que había percibido: todas y cada una de las hojas que había visto caer, lo esencial lo mismo que lo trivial. No basta con echar la red de Google, sino hacerlo en el lugar adecuado, a la vez que uno se aplica a la imprescindible tarea de separar la lubina y la langosta, del zapato roto y del plástico inútil. Google no ofrece los resultados por orden de solidez científica ni siquiera con garantía de objetividad y verdad. Queda un amplio margen, pues, para la siempre necesaria selección crítica. Ante un documento «encontrado» en internet conviene plantearse preguntas como estas: ¿Quién es el autor de la información y cuál es su competencia o preparación sobre lo que escribe? ¿Qué tipo de documento es: artículo académico, artículo periodístico, post de un blog, etc.? ¿Es original o la información procede de otro documento? ¿Tiene el documento y el sitio donde está alojado el respaldo de alguna institución académica o científica de garantía? ¿En qué fecha se publicó? ¿Qué argumentos utiliza? ¿Puede estar ya obsoleta la información? Etc.

¿Hace internet y la tecnología que nuestra memoria se dedique a cosas realmente importantes, despejándola de datos superfluos, o por el contrario la vuelve más vaga? Quizás sin el ejercicio apropiado, se vaya degradando poco a poco hasta llegar a un punto de no regreso porque no nos acordemos de si eso era importante. Aunque esto mismo sostenía Sócrates en su día sobre la escritura a la que le otorgaba la propiedad de destrucción de la memoria y debilitamiento del pensamiento. En el Fedro de Platón, relata Sócrates la reprensión del rey Thamus a Teuth, cuando este último le presentó con orgullo su invento de la escritura: «Producirá en el alma de los que la aprendan el olvido por el descuido de la memoria, ya que, fiándose de la escritura, recordarán de un modo externo, valiéndose de caracteres ajenos; no desde su propio interior y de por sí». En 1477, no muchos años después de la invención de la imprenta, Hieronimo Squarciafico, humanista y conocido editor veneciano, expresó una preocupación semejante respecto a este nuevo invento: «La abundancia de libros hará a los hombres menos estudiosos». Hoy comprobamos que ni la escritura ni la imprenta han conseguido destruir la memoria. Por el contrario, con la escritura y los libros han aumentado las posibilidades –y la necesidad– de ejercitarla.

Por otro lado, también deberíamos valorar más nuestra capacidad de olvido, donde se fundamentan acciones como el perdón. Pero para que nadie se olvide de este artículo, por si acaso, lo dejaremos aquí por escrito.

Imagen de Nicholas “Lord Gordon” (CC by-nc-nd).



El Zeitgeist de los Zeitgeist

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game over 2013No soy muy amiga de escribir resúmenes de año. Tampoco de hacerme propósitos para el que entra (porque ya sé dónde van a acabar… ;-) ). Pero como me ha tocado elaborarlo para la radio y llevo mucho tiempo sin escribir en el blog, aquí os va un Zeitgeist de los Zeitgeist.

Este término alemán se puede traducir como “espíritu de nuestro tiempo“, englobando el concepto de clima intelectual y cultural de una era. Es además una palabra que usan mucho las plataformas web para hacer su repaso anual. Ese es el caso de Google, que desde 2000 saca los términos que más se han buscado por países. Este año en España nos encontramos con datos como los que siguen:

  • Términos que han registrado un mayor crecimiento: personajes (algunos de ellos fallecidos) como Paul Walker o Álvaro Bultó, apps como Line o Apalabrados y programas de televisión ya viejitos como Gran Hermano o Eurovisión.
  • Han hecho un análisis específico de la palabra crisis, por la que está cayendo. Sin embargo, “crisis de ansiedad” supera a “crisis económica” en las búsquedas. Les siguen “crisis de pareja”, “crisis de subsistencia” y “crisis existencial”.
  • Personajes que han arrasado en las búsquedas: tenemos al cantante Pablo Alborán, seguido de la controvertida Miley Cyrus.
  • De entre las búsquedas “Qué es…” encontramos: qué es escrache (que ha sido nombrada también como la palabra del año por la Fundéu), qué es ciclogénesis (una palabra que nos han enseñado los telediarios) o qué es reiki.
  • Para la pregunta “Cómo…”, tenemos, por ejemplo, cómo pagar Whatsapp, cómo tener labia o cómo ahorrar luz.
  • Acontecimientos sociales: el accidente de tren de Santiago, la Fiesta del cine o el atentado de Boston se cuelan entre los top 10.
  • En el terreno musical, los cantantes con mayor crecimiento de este año son el fallecido Lou Reed y la nueva sensación de Disney, Violetta.
  • En el mundo del deporte, dos profesionales que nos abandonaron este año: Álvaro Bultó y María de Villota.
  • Tecnología: el Nexus 5, el iPhone 5 y la PS4 y en cuanto a las aplicaciones que destacan nos encontramos con Line, Invizimals o la DGT.

Pero como no solo de Google vive el ser humano, ¿qué más ha pasado este 2013?

En noviembre Twitter salió a bolsa al igual que lo hiciera Facebook el año pasado. A pesar de que muchas personas hablan de una nueva burbuja bursátil, ambas plataformas van a cerrar previsiblemente el año duplicando su valor. Por cierto, si Facebook tuvo su película, Twitter también contará con su serie.

Está claro que 2013 ha sido el año de los formatos más visuales, siendo las fotografías y los vídeos los principales contenidos generados en internet. Las redes sociales han movido ficha durante 2013 en este ámbito: Twitter lanzó en enero Vine para compartir vídeos de 6 segundos o menos. Facebook reaccionó activando también los vídeos en Instagram.

Además de vídeos e imágenes, seguimos trabajando las presentaciones. Slideshare ha sacado su Zeitgeist 2013 analizando todas las que se han subido este año a su plataforma. Las conclusiones son claras: las presentaciones más exitosas son cada vez más cortas, con menos texto y más imágenes.

En cuanto a seguridad y privacidad, tenemos un protagonista indiscutible: Edward Snowden, que destapó los programas de vigilancia masiva de la NSA, dejando la seguridad de internet en entredicho. Como él bien decía, si los estados quieren saber lo que piensan los ciudadanos, que les pregunten y no les espíen. Un nuevo concepto de contenidos con fecha de caducidad está tomando fuerza en EE.UU. gracias al éxito de Snapchat, una app de mensajería instantánea que permite compartir mensajes que se borran una vez leídos. Facebook le ha tirado los trastos ya varias veces, pero por ahora se resisten a ser comprados.

Tenemos moneda nueva en la oficina: Bitcoin. Esta moneda virtual ha dado mucho que hablar durante 2013, superando en noviembre el umbral simbólico de los 1.000 dólares. Popular entre los “geeks”, el bitcoin también se ha vuelto la moneda “oficial” de los criminales, por ejemplo, para vender drogas en la web clandestina Silk Road, cerrada en octubre por el FBI.

Google nos presentaba en febrero de 2013 lo que esperan que sea su proyecto estrella de realidad aumentada: Google Glass. Aún no están a la venta, pero muchos indican que pudieran ya ser el regalo estrella de 2014.

Musicalmente hablando, si analizamos el año en Spotify, nos encontramos con los siguientes datos:

  • 4.500 millones de horas de escucha.
  • 24 millones de usuarios.
  • Cantantes y grupos más famosos: Rihana, Macklemore e Imagine Dragons.
  • Canción más viral: Get Lucky de Daft Punk.
  • El 20% de las canciones del catálogo de spotify nunca han sido escuchadas.

Juego de Tronos ha sido, por segundo año consecutivo, la serie más descargada en internet, según Torrent Freak, siendo el número de descargas superior al de telespectadores. Le siguen Breaking Bad y The Walking Dead.

También tenemos a los perdedores del año: el PC, que ve como sus ventas bajan sin parar ante smartphones y tabletas; Microsoft, que no termina de adaptarse al nuevo mundo sin PC y BlackBerry, que al igual que Nokia en su día, está sufriendo a Android e iOS. De hecho, Android se ha convertido en el sistema operativo de smartphones favorito, superando a iOS. Pero que se ande con ojo Google porque algunos de los fabricantes que lo incorporan en sus móviles, como es el caso de Samsung, están empezando a impulsar su propio sistema. Aquí tenéis más fracasos tecnológicos de 2013.

¿Y qué nos deparará el 2014? Pues muchas palabras nos taladrarán los oídos día sí y día también: Big Data, impresión 3D, Internet de las Cosas, …

Desde este pequeño txoko digital que cumplirá sus 9 años de vida este 2014, os deseo que tengáis un año espectacular. Pero no vale con esperar a que sea así… tenéis que hacerlo espectacular vosotros.

¡Nos seguimos leyendo un año más!



La chequera de Google

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Caja registradora

Artículo publicado en la Revista Deusto Nº 120 (otoño 2013).

Lejos queda ya el día en el que dos estudiantes de doctorado de Stanford juntaron sus caminos para desarrollar un motor de búsqueda que actualmente resulta imprescindible en nuestras vidas digitales. Un servicio que en sus inicios (27 de septiembre de 1998) estaba soportado por un servidor con 80 CPU y dos routers HP. Ahora, bajo el paraguas de Google, podemos encontrar infinidad de servicios dispares y más de 50.000 empleados seleccionados minuciosamente entre lo mejorcito. Pero no todos los servicios han sido creaciones de esos excelentes ingenieros. Google tira de chequera con bastante facilidad haciendo buena la máxima de “Si no puedes con el enemigo, únete a él”. De hecho, la propia compañía dice que, de media, adquiere más de una empresa por semana desde 2010. Nos daremos aquí un paseo por algunas de esas compras que, con más o menos éxito, ha hecho el gigante de Mountain View.

Sin duda, el servicio más conocido y que antes nos salta a la mente es YouTube. La plataforma de vídeos fue creada en febrero de 2005 por tres antiguos empleados de Paypal y su éxito no se hizo esperar. Para diciembre de ese mismo año recibían ya más de 50 millones de visitas al día. Ese boom no pasó desapercibido a los ojos de Google, que intentó plantarle cara con su propia web (Google Video) pero se rindió a la evidencia, comprando YouTube por 1.650 millones de dólares en acciones en octubre de 2006.

Blogger, uno de los primeros servicios de publicación de bitácoras, también fue una adquisición sonada. Lanzado en 1999, Google se hizo con la empresa Pyra Labs, madre de la criatura, en 2003 para comerle terreno a la que era por entonces la plataforma de blogs con más éxito: Movable Type. La compra hizo que todos los servicios premium de Blogger se volvieran gratuitos y ha sufrido múltiples “cirugías estéticas” para cambiar su aspecto. En la actualidad sigue siendo un referente junto con WordPress.

Si os hablo de Dodgeball, quizás no os suene de nada. Sin embargo, si menciono Google Latitude, puede que os diga más. Ese es el nombre que tiene actualmente esta herramienta. Dodgeball era un servicio con el que compartir la localización mediante SMS, para así saber dónde estaban tus amigos o encontrar sitios interesantes. A estas alturas del artículo, ya sabéis cómo acaba esta historia. Una práctica muy habitual por parte de Google es, además de comprar el producto, hacerse con los servicios de sus creadores. Sin embargo, con Dodgeball la cosa terminó mal y sus dos fundadores abandonaron Google de malas maneras. Meses después crearon Foursquare, consiguiendo vencer a su antiguo producto y, a la vez, dar en las narices al gigante de internet.

No solo de software vive Google. La empresa de móviles Motorola cayó también en sus redes en agosto de 2011. La razón de esta compra no era tanto la de lanzarse a fabricar “cacharrería”, sino contrarrestar a Apple en el contencioso que mantenían mediante patentes. Con la compra, Google se hizo con más de 17.000 patentes que tenía aprobadas la compañía especializada en electrónica y telecomunicaciones.

En España, algún emprendedor también ha vivido esta situación de ensueño (… o pesadilla, dependiendo que cómo termine la historia). Es el caso de Panoramio, una web donde los usuarios cuelgan imágenes geolocalizadas. En octubre de 2005, Joaquín Cuenca y Eduardo Manchón pusieron en marcha su proyecto. Dos años después, Google llamaba a su puerta. Ese fue el caso igualmente de la web VirusTotal.com, de Hispasec Sistemas, una empresa de seguridad informática malagueña.

Pero, a pesar de lo que pudiera parecer, Google no es el rey Midas y todo lo que toca no se convierte en oro. Y si no, que se lo digan a Jaiku, una plataforma de microblogging, que Google adquirió para intentar paliar el éxito de Twitter. Sin embargo, con la maldición que tiene en el mundo de las redes sociales, no alcanzó su meta, abandonando dos años después el proyecto.

Otras compras sonadas han sido Picasa, el servicio de imágenes junto a Picnik, para la edición de fotografías; la herramienta de creación de feeds, Feedburner; la empresa de publicidad digital, DoubleClick; el sistema operativo de móviles Android y así un largo etcétera. Tan largo, que el modelo de negocio de muchas startups es que Google las compre. Ahora bien, que los chicos de California se anden con ojo, porque otros multimillonarios de internet han sacado también su cartera a pasear.

Imagen de Historias Visuales (CC by-nc-sa).



Elaborando el plan de medios sociales para un centro educativo

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Lo prometido es deuda. Anuncié que dejaría por aquí el material que usé en el curso “Educación conectada: la escuela en tiempos de redes” organizado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte y la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, y una tiene palabra digital.



Nombres como Facebook, Tuenti o Twitter forman ya parte de nuestro día a día. Si bien seguimos hablando del tiempo con los vecinos en los ascensores, quizás en ocasiones nos descubramos consultando en nuestro smartphone sus últimas actualizaciones (o pasemos a hablar del tiempo en este nuevo espacio digital). Todo un cambio tecnológico, comunicacional y, como no, social (entrando en ocasiones en el debate de si es antes el huevo o la gallina). Las redes sociales no son un invento que haya surgido al amparo de internet. Siempre han existido, solo que ahora se ha incrementado el tamaño de las mismas gracias a la tecnología. Como dice Genís Roca, “la capa digital es como un superpoder que permite ampliar las capacidades de los seres humanos”. La cuestión está en quién tiene ese superpoder, quién quiere este poder y quién puede tener este superpoder. Pero una cosa es ya evidente: los jóvenes de hoy en día vienen con el superpoder de serie. Pero ojo, porque su superpoder consiste en sentir como algo natural a la tecnología y no temerla. Pero no supone que vengan aprendidos de sus peligros o de sus posibilidades. De hecho, descubrimos en ocasiones que al dar por asumida esa tecnología, se dejan de hacer preguntas.

La incertidumbre que nos genera lo que no podemos controlar, normalmente nos paraliza. El ser humano por naturaleza necesita gobernar lo que hace, entender lo que le rodea. Tendemos a asimilar lo desconocido como un peligro potencial en vez de hacerlo como una oportunidad. Es por esto, que las nuevas tecnologías nos provocan una serie de miedos que tendremos que aprender a controlar: la celeridad con la que cambian (muy típica también de la sociedad en la que vivimos), la privacidad, las condiciones de uso (o abuso) de algunas plataformas… Como personas, ciudadanos, podemos elegir: vivir en la red (residentes digitales), visitar la red (visitantes digitales), incluso ignorar la red. Pero como padres, formadores, docentes… tenemos la responsabilidad de conocer, puesto que vamos a educar para vivir en la red. Los que estamos fuera de esos límites difusos que nos pone la etiqueta “nativos digitales”, seguimos dando vueltas a esto de la identidad digital recursivamente sin percatarnos de que, los que vienen por detrás, ya no se lo plantean y nos miran con caras raras. Su identidad digital está más que asumida y dan por hecho también que la identidad digital de las instituciones que les rodean debería ser así.

Para diseñar un plan de medios sociales para un centro educativo tenemos que arrancar respondiendo a una serie de preguntas que nos marcarán el rumbo del mismo: ¿qué objetivos perseguimos con los medios sociales en internet? ¿a quién nos queremos dirigir? ¿dónde lo haremos? ¿cómo y cuándo? ¿cómo mediremos la efectividad de nuestras acciones? Estas respuestas determinarán un modelo de presencia en la red que debe quedar recogido negro sobre blanco, evitando así la improvisación y los bandazos, porque en internet los patinazos se pagan caros. Debemos tener en cuenta que no se trata de un plan aislado, sino que debe formar parte del plan de comunicación global que integrará acciones online y offline. Además, debe quedar también claro qué personas serán las responsables de ejecutar esas acciones, para que no quede como una serie de obras aisladas hechas por voluntarismo.

Durante el curso, dividimos la sesión según las preguntas que debe responder el plan de medios sociales, para trabajar luego en grupo esas cuestiones. De hecho, hicimos en clase un esqueleto que podéis consultar y comentar. La experiencia fue de diez. Como siempre, acabo yo aprendiendo casi más que enseñando. Agradecer a José Luis Cabello y Carlos Magro la oportunidad y a todas las personas con las que coincidí por hacerme sentir como en casa :-).



Educación conectada: la comunicación en tiempos de redes

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Zona escolarEl título de este post es una vil copia del curso en el que tengo la suerte de estar la primera semana de septiembre en A Coruña convocado por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte y la Universidad Internacional Menéndez Pelayo: Educación conectada: la escuela en tiempos de redes [programa]. Compartiré espacio (aunque no tiempo, confirmando el principio de incertidumbre de Heisenberg) con viejos conocidos y gente a la que tengo ganas de “desvirtualizar”: Tíscar Lara, Julen Iturbe-Ormaeche, Juan Sánchez Martos, Víctor Cuevas, Charo Fernández, David Álvarez, Urko Fernández y por supuesto, Carlos Magro y Jose Luis Cabello, organizadores de todo esto.

Los que estamos fuera de esos límites difusos que nos pone la etiqueta “nativos digitales”, seguimos dando vueltas a aquello de la identidad digital recursivamente sin percatarnos de que, los que vienen por detrás, ya no se lo plantean y nos miran con caras raras. Su identidad digital está ya más que asumida y dan por hecho también que la identidad digital de las instituciones que les rodean deberían ser así. Por eso ya no les vale que esa identidad tenga vacaciones o fines de semana, ni que opere de 9 de la mañana a 7 de la tarde. Se acabaron los horarios. Igualmente se asombran cuando en las encuestas de acceso a la universidad se les pregunta si usan redes sociales y cuáles. Es como si a nosotros nos preguntaran si vamos a los bares y cuáles son los que más frecuentamos.

Las cuentas de resultados en estos tiempos convulsos están desviando nuestro rumbo para convertir a los centros educativos en un “captador” de estudiantes, haciendo que confundamos con frecuencia comunicación con marketing. Y no solo eso: valoramos más la comunicación hacia afuera que la interna. Sin embargo, en esa comunicación interna radica el éxito: con ella se crea la fidelización entre los estudiantes y la institución, se co-crea al descubrir caminos donde “juntas gente y pasan cosas” e incluso la empatía deja de ser una palabra desconocida para convertirse en una actitud.

La comunicación en tiempo de redes va madurando poco a poco, aunque aún muchos creen que esto es un juego que pasará de moda. Siempre que escucho un comentario en esta línea recuerdo una vivencia de hace ya unos cuantos años, cuando las cámaras de fotos digitales estaban asomando las narices. Me desplacé a una tienda de fotografía de las de toda la vida y les pregunté por los modelos que tenían. Cual fue mi sorpresa al recibir la siguiente contestación: “Nosotros no tenemos cámaras digitales y no vamos a venderlas. Eso es una moda pasajera que no podrá con el modelo de los carretes”. Hoy esa tienda ha desaparecido. Así que como de juego no tiene nada, habrá que hacer las cosas con premeditación y alevosía: con un plan de comunicación digital que responda a las principales preguntas: ¿a quiénes? ¿dónde? ¿qué? ¿para qué? y con capítulos especiales para crisis digitales y métricas sociales que nos indiquen si esas preguntas se están respondiendo de manera adecuada. Además, habrá que tener en mente que la identidad de una institución (fijaos que no he puesto el apellido digital por detrás) la conforman todas las personas que pertenecen a la institución. Así que tenemos entre manos un puzzle distribuido y de muchas piezas. ¿Te animas a montarlo?

Imagen de nicocrisafulli (CC by).



El derecho al olvido en internet. Ese derecho olvidado

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Goma de borrar

Artículo publicado en la Revista Deusto Nº 119 (verano 2013).

Arranco este artículo con una cita del siempre acertado Zygmunt Bauman: «La construcción de identidad implica el triple desafío (y riesgo) de confiar en uno mismo, en otros y también en la sociedad». Con la irrupción del plano digital, la parte en la que confiamos en otros y en la sociedad adquiere mayor relevancia porque, si ya de por sí nos cuesta bastante controlar lo que nosotros mismos generamos en la red, lo que los demás crean sobre nuestra persona es otro reto. Por no hablar de que muchas plataformas en las que participamos se hacen dueñas y señoras de nuestra información tras firmar de manera inconsciente la letra pequeña al crear la cuenta.

En el plano analógico, cuando nos equivocamos, tenemos la posibilidad de enmienda y de dejar que el paso del tiempo y nuestra limitada memoria hagan borrón y cuenta nueva. Además, nuestro error suele tener un radio de acción limitado. Sin embargo, en esta época de extimidad, de plataformas online que se encargan de hacer que los datos persistan durante años, vuelen raudos y virales, y que además los encontremos con facilidad en el maremágnum, el derecho al olvido se presenta como un concepto clave para que dentro de unos años no seamos esclavos de curriculum vitae no deseados.

Este derecho recoge la posibilidad de que una persona pueda borrar, bloquear o suprimir información propia que se considera obsoleta por el transcurso del tiempo o que de alguna manera afecta el libre desarrollo de alguno de sus derechos fundamentales. Esto incluye una multa publicada en el BOE, una noticia en un periódico, una actualización en una red social… Pero si las dos características digitales que imposibilitan principalmente nuestro olvido son la persistencia de la información y la facilidad de encontrarla, tenemos el debate servido: ¿quién debe eliminar el dato: la plataforma que lo alberga o la que hace que lo encontremos? Ilustrado con un ejemplo, ¿debe un periódico borrar de su hemeroteca una noticia o deberá ser Google quien evite que lleguemos a esa hemeroteca? En España, la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) lo tiene claro y mantiene un largo contencioso desde hace tiempo con Google para que sea el buscador el que deje de dar acceso al contenido. Por supuesto, la empresa alega que ellos se limitan a rastrear la red, sin censuras, y que la responsabilidad recae sobre los administradores de la página web, dado que pueden usar herramientas como los ficheros robots.txt que indican a las arañitas del buscador que no rastreen determinados contenidos. También se escudan en que su sede está en California, lejos de la legislación comunitaria.

Y si entre la fuente del «problema» y el buscador no se ponen de acuerdo en quién debe actuar, ya no entramos a valorar la más que probable viralidad, que habrá hecho que esa información se replique por muchos otros espacios, redes sociales y demás conductores digitales. Asimismo, es probable que haya volado a servidores lejanos en la nube (y en la legislación).

De hecho, redes sociales como Facebook también se posicionan, como no podía ser de otra manera, en contra de los planes de la Unión Europea de regular de manera global el derecho al olvido. Mientras tanto, aparecen casos como el de la gimnasta Marta Bobo, a la que le sigue persiguiendo una noticia de 1984 sobre una presunta anorexia. Eso fue publicado cuando tenía 18 años. Ahora cuenta con 47 y alega que ni siquiera era cierta. Porque otra característica de internet es que, a determinados bulos, el paso del tiempo les confiere una certeza con la que no contaban cuando se generaron en medio del caos. Cuando el río suena, la mayoría nos quedamos con ese murmullo sin contrastar.

Aparecen además otros ingredientes en esta ensalada de datos como son la libertad de información y expresión, la finalidad cultural e histórica,… que hace que los límites del derecho al olvido se tengan que revisar caso por caso.

Una distopía recurrente en libros y películas de ciencia-ficción es la de discos duros de nuestras vidas a disposición de cualquiera. Muchas plataformas que hacen minería de datos y juntan en una única web información dispersa, nos avisan de que esa distopía está más cerca de lo que pensamos. Hasta el MIT habla ya del Temporary Social Media o publicaciones efímeras con fecha de caducidad, como nuestras conversaciones analógicas. Ese es el caso de aplicaciones como Snapchat, una app móvil que permite a los usuarios enviar imágenes, vídeos cortos o mensajes y hacerlos visibles durante un periodo corto de tiempo, momento en el que desaparecen. Incluso Facebook, animado por el éxito de Snapchat, sacó su propia versión, denominada Poke.

Si bien antes teníamos guardados a buen recaudo esos álbumes con fotos vergonzosas de la infancia que nuestros progenitores se encargaban de airear en el momento más inoportuno, ahora es como si en cada rincón digital hubiese un familiar deseoso de sacarlas a relucir. Internet, por ahora, no olvida. Aunque quizás, más que olvidar, debería dejar rectificar.

Imagen de Jorge Felipe Gonzalez (CC by-nc-sa).



Instantaneidad: la esclavitud moderna

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Creo que ya he dejado caer por aquí en más de una ocasión ([1] y [2]) la incertidumbre que me genera esta sociedad de las prisas en la que estamos inmersos. Sobre todo porque tengo la sensación de que no hay vuelta atrás. Si bien antes podías decidir si entrabas en la carrera de la rata que, cuanto más rápido le da a la rueda, más rápido corre sin moverse, ahora parece que con que los de al lado le den a la rueda, todos nos precipitamos a la misma velocidad.

Supongo que mi profesión y entorno marcan esta sensación, que quizás no sea igual fuera de mi endogamia. Pero ahora más que nunca, cuando miro a mi alrededor en el transporte público, veo todas las cabezas agachadas mirando pantallas. Nos pasamos todo el día conectados. Y a esa conexión constante, se la acaba de sumar una característica bastante molesta: la instantaneidad. Nos hemos vuelto unos impacientes crónicos. Exigimos respuesta rápida a todos nuestros inputs comunicativos. Si no nos responden a un email en un plazo corto, creemos que a la otra persona le ha pasado algo. Y claro, atacamos por otro frente (como diría un amigo, “por tierra, mar y aire“). Esta tira de Alberto Montt, creo que lo ilustra estupendamente (y aunque parezca humor llevado al absurdo, debo decir que lo he vivido en carnes):

Hemos convertido herramientas asíncronas en síncronas. Por ejemplo, la gracia del email era esa característica que nos permite escribir un mensaje cuando tenemos tiempo y al receptor leerlo (y responderlo si lo estima oportuno) también cuando dispone de él. Esta asincronía está pasando por malos momentos porque cada vez entendemos que el tiempo de respuesta tiene que ser más corto (casi como una llamada de teléfono o un mensaje de whatsapp).

Además, a mí me llevan los diablos cuando las personas terminan confundiendo herramientas y ámbitos. Por ejemplo, whatsapp pertenece a mi plano personal. Así que cuando alguien trata de gestionar temas laborales en él, saco las uñas. No solo por la invasión de ese plano personal, sino también porque no creo que mediante mensajes cortos se traten adecuadamente estos temas.

Cierro el post con una frase que se me quedó grabada del libro “El desajuste del mundo“: “Ahora todos los acontecimientos del mundo ocurren ante los ojos de la humanidad entera y en tiempo real“. Pero no es necesario que les demos respuesta al momento ;-).

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