Artículo publicado en la Revista Deusto Nº 111 (verano 2011)
La web es jovencita. Apenas veinte años la contemplan. Y sin embargo, ya se ha llevado más de un susto. Allá por 1997 sufrió la cacareada burbuja de las punto com, momento en el que muchas empresas vinculadas a Internet subieron su valor bursátil como la espuma para que, años después, alguien viera al rey desnudo, con el consiguiente descalabro.
Tras una larga etapa de desconfianza, la Red vuelve ahora a tomar altos vuelos y muchos son los que vaticinan un nuevo susto. Empresas como Facebook, Google o Twitter cotizan al alza. Así que, una de las preguntas que más se repite en los mentideros de Internet (y fuera) es: ¿cuál es el modelo de negocio de estas plataformas web? La respuesta es bien sencilla: la publicidad. Pero como quedaría un tanto pobre el artículo si lo dejamos aquí, pondremos la lupa sobre las principales compañías que hoy en día “roban” los minutos de los internautas.
Empecemos por el gigante de Internet, y cada día, de más y más mundos que no sólo son digitales (por ejemplo, el energético). Google diversifica su negocio en muchos frentes con más de treinta servicios diferentes: desde el correo electrónico, pasando por los mapas, los vídeos, los libros, la música, etc. Ahora bien, una de las constantes en todos esos servicios es el de la gratuidad. Bueno, quizás debiéramos matizar la palabra gratis y centrar su contexto en el plano monetario, porque, como muy bien decía Quevedo “es de necios confundir valor y precio”. Y si bien trabajan con un modelo freeconomics, los usuarios les pagamos con otra moneda: nuestro tiempo. Todo el que invertimos navegando por sus múltiples espacios se convierte en un intervalo en el que nos pueden “impactar” con anuncios. Pero eso no es todo: cuantas más plataformas diferentes de su dominio visitemos, más visible y rastreable será nuestra baba de caracol que les ofrece un perfil completo de lo que somos y lo que nos gusta. Toda una delicatessen para los expertos en marketing ávidos por vender. Precisamente su médula espinar es ni más ni menos que Google Adwords, su propio sistema de publicidad online. Así que, por más que nos presenten su empresa (fijaos que he puesto empresa y no fundación u ONG) como un ente casi filantrópico, el hecho de que nos ofrezcan tantos servicios gratis tiene una explicación mucho más cercana al cobre.
Facebook tampoco le va a la zaga y además de la publicidad con la que rellenan cualquier hueco de su página web, “trafican” también con nuestros datos. No hay más que echar un vistazo a sus condiciones de uso (esa letra pequeña con una redacción farragosa que casi ningún usuario se lee cuando se crea su cuenta), donde avisan ya (y el que avisa no es traidor) que podrán vender nuestra información a terceros. Así que su estrategia pivota también sobre el hecho de mantenernos muchos minutos en su parcela, de modo que dejemos más y más información y veamos los anuncios que tienen preparados para nosotros.
Con Twitter, el modelo de negocio se vuelve algo más gris. Cada día crece el número de usuarios que tiene que soportar la plataforma, creciendo también de manera exponencial los recursos tecnológicos que tienen que destinar para que la maldecida ballena de “web caída” no aparezca. Y sin embargo, aún no tienen muy claro cómo van a rentabilizar a toda esa gente. Los socios se comienzan a impacientar mientras Twitter sólo asoma su patita con Trending Topics (los temas más calientes de los que se están hablando en la Red) patrocinados y una idea que aún no han puesto en práctica de twits patrocinados que aparezcan en su buscador o incluso en el “timeline” de los usuarios.
Spotify hizo una apuesta doble con su servicio gratuito: por un lado, captar al máximo número de usuarios en un tiempo muy corto, convirtiéndose casi en un estándar de facto para la escucha de la música; por otro, trabajar el modelo de la publicidad. Éste último le salió rana, dado que con los anuncios que interrumpían a esas cuentas gratuitas no les llegaba para pagar a las discográficas y a las gestoras de derechos de autor, cada vez que se reproducía una canción (y ya, del coste tecnológico que suponía tener todos esos servidores y disponibilidad, ni hablamos…). Ahora está mezclando ese modelo de publicidad con el de servicios premium, cobrando una cuota mensual a sus usuarios. Por tanto, tras ofrecer la “droga” gratis, ahora pasa a pedir una cantidad mínima a sus usuarios más “enganchados”.
Y frente a estas grandes compañías, modelos como el de la Wikipedia, que soportan su gestión de contenidos en la inteligencia colectiva y su subsistencia, en las donaciones de los internautas.
Quitando a esta plataforma, en el resto de ejemplos analizados, hay una materia prima recurrente: los usuarios, su tiempo y sus datos. Sin embargo, hay más modelos en la web: comercio electrónico, software como servicio, subastas, donaciones, … Esperemos que el “Big Brother is watching you” no sea la única alternativa para lograr éxito en la Red.
Como ya todo el mundo sabrá, Spotify ha decidido cortar el grifo de sus cuentas gratuitas. Una medida nada sorpresiva dado que, por cada reproducción que hacíamos de una canción, la plataforma tenía que pagar derechos de autor a las gestoras de esa melodía. Así que todas esas veces que nos hemos dejado el reproductor sonando sin que nuestras orejas estuvieran próximas, para Spotify suponía un grifo abierto sin que nadie bebiese de ese agua. Y los odiosos anuncios de Melendi y Cía no pagaban ni siquiera el coste tecnológico. Ahora toca replanteamiento de modelo de negocio (ya se oyen cantos de sirena con Google de por medio). Os recomiendo la opinión de Alejandro Suarez sobre lo ocurrido con Spotify.
Una noticia sonada dado que es una de esas aplicaciones que había calado rápidamente entre el público generalista. De hecho, muchos se preguntan: ¿y ahora qué?. No se considera volver al viejo planteamiento de descarga y almacenamiento de miles de canciones en nuestros dispositivos. La música en la nube está aquí para quedarse. Sin embargo, no debemos engañarnos: pocos son también los que se plantean pagar.
Así que, aprovechando estos días de vacaciones y que está ya próxima la fecha límite de reproducción ilimitada en Spotify (echaré de menos esos anuncios que te taladraban la cabeza ), os presento unas cuantas alternativas que he estado probando, sobre todo para migrar mi lista musical de Silencio.
Es la plataforma más parecida a Spotify (para lo bueno y para lo malo): grandes colecciones de música en la nube que podremos escuchar desde la propia página web o con el cliente que nos ofrecen (que, por cierto, es multiplataforma -Adobe Air- así que se agradece que los usuarios de gnu/linux no tengamos que andar con wines mediante) peeeerrooooo… sólo se puede usar la aplicación de escritorio con las cuentas plus.
Podremos buscar a artistas, álbumes, canciones o escuchar una radio temática. También nos permite crear una playlist (aquí tenéis la de Silencio). Desde la web Groovylists podremos migrar las listas que teníamos ya creadas en Spotify, iTunes y Last.fm. Su catálogo musical parece incluso más rico que Spotify (he llegado a encontrar bandas como Arcade Fire) y es que permite a los propios usuarios subir sus trabajos para darse a conocer.
Igual que Spotify, tiene varias versiones premium por $ 9/mes o $ 6/mes que sirven para eliminar la publicidad (que aquí no se manifiesta en forma de interrupciones sino sólo como banners en la parte derecha de la web) y escuchar música en cualquier dispositivo. Aunque las discográficas siguen apretando las clavijas de toda aquella plataforma que le haga la más mínima sombra. De hecho, recientemente ha sido noticia la retirada de Grooveshark del Android Market (igual que sucediera con la AppStore el año pasado).
Permite también conectar nuestra cuenta de Last.fm para que sincronice y “trackee” en nuestra cuenta lo que escuchamos en Grooveshark peeeerrooooo… sólo está disponible para las cuentas plus.
Se agradece además que la interfaz esté en castellano, euskera, catalán, …
A esta red social española, Spotify le adelantó por la derecha. Nació un poco antes y sin embargo, el pastel se lo llevó la anterior dando más barra libre (aunque ahora veremos cómo acaba…).
Tiene tres tipos de usuarios: basic (gratis), premium (4,99 €/mes) e iPremium (9,99 €/mes). Obviamente, la cuenta gratuita tiene limitación en determinadas canciones, tiempo de escucha, publicidad y no ofrece la versión móvil. Sin embargo, todas nos permiten crear listas de reproducción, compartir canciones con tus contactos, etc… Ofrecen un apartado de “Música Gratis” en el que, durante esa semana, podremos escuchar esas canciones con la cuenta básica.
Gatunes es otra red social española que ha visto la luz recientemente. Sus padres: el cofundador de Tuenti Kenneth Bentley y el programador informático Daniel Esteban Nombela. Y su pillería para librarse de las denuncias de las discográficas: ellos no almacenan ninguna canción. Simplemente se reproduce contenido que está en YouTube. Una pillería que ya puso en marcha en su día Blip.fm (aunque Blip.fm “bebe” de más fuentes que YouTube). Pero me temo que será su propia espada de Damocles, dado que no es capaz de reproducir los vídeos que hayan deshabilitado la inserción (práctica muy común en vídeos musicales y que se extenderá más cuando descubran este tipo de servicios). Por tanto, su éxito dependerá de que no tengan éxito (toda una paradoja ).
Completamente gratuita, sin versiones premium y sin publicidad, se diferencia de las anteriores en que no agrupa la música por artistas o álbumes. Simplemente es un lugar donde poder buscar las canciones que más nos gustan y añadirlas a playlists que compartir con nuestros contactos.
También aquí he hecho una prueba de playlist para Silencio (que además se puede embeber en cualquier espacio):
Como pega, comentar que no hay posibilidad de sincronizar las escuchas con el perfil de Last.fm.
Se me queda en el tintero probar a fondo Deezer, … pero las vacaciones dan para lo que dan . ¿Conocéis alguna otra alternativa? Yo por ahora, me quedaré con Grooveshark, aunque sin perder de vista al resto porque me temo que la pelea con las discográficas continúa. ¡Siguiente round!
Artículo publicado en la Revista Deusto Nº 103 (verano 2009)
La música nos acompaña casi todos los días de nuestra vida: puede ser camino al trabajo o al estudio gracias a los cada vez más pequeños reproductores mp3, mp4, móviles y demás aparatos electrónicos de última generación. O también descansando del estrés de un duro día en nuestro sillón favorito y degustando un buen vinilo. O quizás en un bar mientras tomamos algo con los amigos, o en un concierto,…. Muchos son los momentos musicales y pocos los de silencio. Y como no podía ser menos, en la Red de Redes existen numerosos servicios para descubrir mejor este arte.
Last.fm es la red social más conocida entre las bambalinas musicales. Gracias a un cliente que se instala en el ordenador, cada canción que pase por nuestros reproductores quedará registrada (proceso que se denomina scrobbling), con lo que tendremos estadísticas de todo lo escuchado en nuestro perfil, facilitando así la creación de una base de conocimiento común que relaciona gustos y que nos hace recomendaciones de grupos y artistas en base a las preferencias de otras personas que oyen esa misma música. Como en toda red social que se precie, se pueden agregar amigos con los que contrastar nuestra compatibilidad musical. Asimismo nos avisa de los conciertos que se vayan a celebrar cerca de nuestra ciudad. Tanto la información de los artistas como la de los eventos es editable y por ende, colaborativa, por lo que cualquiera podrá introducirla, posibilitando etiquetar a grupos y artistas. Además, si haces música, puedes promocionarte en esta plataforma subiendo tu información y canciones para que cualquiera las escuche. También permite la creación de grupos de usuarios con gustos en común. En estos grupos hay foros, listas de canciones compartidas, etc…
Pero su sección más exitosa es, sin duda alguna, su radio on-line. Cada estilo musical y artista tiene su propia emisora, con canciones relacionadas. Last.fm tiene en su haber una colección de más de 100.000 canciones completas. El resto se pueden disfrutar mediante preescucha de 30 segundos. Precisamente esta funcionalidad ha estado en boca de todos tras el reciente anuncio de la intención de cobrar tres euros mensuales por concepto de suscripción. La polémica viene porque esta recaudación se iba a realizar en todos los países excepto Estados Unidos, Alemania y Reino Unido. Parece ser que, a pesar de haber sido adquirida en 2007 por la cadena estadounidense de radio y televisión CBS, necesitaba de nuevos ingresos.
Blip.fm es el sueño de todo DJ frustrado. Desde esta plataforma podremos pinchar canciones para que el resto de nuestros contactos las escuchen, acompañándolas de mensajes de no más de 150 caracteres. Si les gusta la recomendación, nos darán un voto. Una funcionalidad interesante es que interactúa con otros servicios. Por ejemplo, podremos configurar nuestra cuenta para que cada vez que publiquemos una recomendación, salga también en nuestro muro de Twitter. O que todo lo que escuchemos puede sincronizarse con Last.fm, para que queden también esas canciones registradas.
Si somos unos apasionados de las rarezas musicales, Internet está lleno de páginas para saciar nuestra curiosidad. Por ejemplo, dentro de la web IMDb (The Internet Movie Database) existe un apartado donde podremos buscar todas las apariciones de una melodía en las bandas sonoras de películas o series.
Una práctica común en el mundo de la música es versionar una y otra vez las canciones de otros. Dicen las bibliotecas musicales que la canción más tributada de la Historia es Yesterday, de los Beatles, con más de tres mil versiones desde 1965. Si queremos conocer todas las que tiene una determinada canción, podremos consultarlas en páginas web como The Covers Project o Second Hand Songs.
Pero sin duda, la revolución musical en Internet ha venido este año de la mano de Spotify, un software que se instala en nuestro ordenador y que nos da acceso a un catálogo impresionante a cambio de esporádicas cuñas publicitarias. Además existen cuentas de pago que eliminan esa publicidad. Por ahora, el acceso sólo es posible a través de invitaciones, aunque, no sé si intencionadamente, corrió como la pólvora un enlace desde el que se permitía la creación de cuentas. Con una interfaz muy simple e intuitiva, se pueden buscar discos, canciones y artistas fácilmente, además de crear listas de reproducción. Estas listas son el único apartado social de la aplicación, puesto que no permite tener contactos o enviar recomendaciones entre usuarios. Al igual que Blip.fm, permite sincronizar lo que escuchamos con Last.fm, siendo por tanto servicios complementarios. El mecanismo interno de funcionamiento se fundamenta en el P2P. Es decir, cuando estamos haciendo streaming de la música, no la escuchamos directamente de un servidor central, sino que vamos descargándola a nuestro ordenador y puede que nosotros sirvamos de servidor a otro usuario que esté accediendo a esa misma melodía.
La música ha ido pasando por diferentes cuerpos. Empezó encorsetada en los elegantes vinilos, para luego pasar a los populares casetes (cuántas veces habremos rebobinado uno con un bolígrafo para volver a escuchar nuestra canción favorita…). Luego llegaron los Compact Disc prometiendo ser el formato definitivo. Sin embargo, los reproductores mp3, las memorias usb y demás artefactos que son capaces de almacenar miles de millones de melodías en su interior, han hecho pasar al CD a mejor vida. De hecho, su abuelo el vinilo vuelve a ganarle terreno. Sólo en 2008 creció su venta un 200% respecto al año anterior. Parece ser que para la escucha fuera de casa, nos quedamos con los formatos electrónicos, pero para las audiciones intimistas, aún preferimos el glamour de antaño. Sin embargo, todos estos cuerpos encorsetan a la música y hacen que las casas de los coleccionistas pierdan espacio disco a disco. Internet aparece como el nuevo libertador, logrando que el ritmo fluya de un soporte a otro, o directamente a nuestros oídos.