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28-11-2011
Viendo esta estupenda presentación de Pilar Gonzalo, me topo con el concepto “aprendizaje bulímico (tragar y vomitar)” y no sé si será deformación profesional o qué, pero lo primero que he visionado en mi cabeza ha sido la comunicación bulímica que últimamente me rodea. Esa comunicación en la que todos tragamos cantidades ingentes de información para vomitarla de inmediato, sin apenas masticarla. Pero además, no la vomitamos en un único espacio sino en todos los que podemos con esa idea preconcebida (y errónea) de que tenemos que llegar a todo el mundo (independientemente de que le interese nuestro mensaje o no), machacando como un martillo pilón y haciendo así que la información se multiplique de manera exponencial.
No es de extrañar, por tanto, las conclusiones que arrojan este estudio de IBM que asevera que el 90% de los datos del mundo se han creado en los últimos dos años.
Lo peor de esto es que todos ejercemos de pequeñas mangueras de comunicación, que salpicamos a los que tenemos en nuestro círculo más próximo. Yo acelero mis ritmos, consumo información de forma más apresurada y hago lecturas más verticales. Lo hago y, sin apenas reposar, vomito el contenido a los que tengo a mi alrededor (que parece que cada día son más, porque según este estudio de la Universidad de Milán, la teoría de los 6 grados ha bajado a 4.74
), que a su vez, actúan de la misma manera. Un vórtice del que es difícil salir.
Quizás haya que ponerse a dieta de información, como nos recomendó ya hace tiempo Neus Arqués, seleccionando con especial cuidado a nuestros prescriptores y meditando muy mucho lo que compartimos (para convertirnos a su vez en prescriptores de interés).
Imagen de saturmix (CC by-nc-sa)
2-07-2009
En estos días de calor, el título del post no hace referencia a la temperatura. Ya he contado más de una vez por aquí la teoría de los seis grados, pero cada día estoy más convencida de que las nuevas tecnologías han bajado ese número ostensiblemente. Esta evidencia viene de la mano de una historia personal vivida recientemente (con alto componente emotivo, así que al que no le interese mi vida, que pare aquí
la lectura).
Desde muy pequeña he veraneado en un pueblecito de León. Y anualmente teníamos por costumbre visitar la capital. Una ciudad impresionante y que recomiendo a cualquiera. La cuestión es que, casi todos los turistas se centran en su hermosa catedral gótica. Pero muy cerca, a menos de 200 metros, hay una pequeña casa que acoge a la Fundación Vela Zanetti (en la calle Pablo Flórez). Mis primas se molestaron en descubrirme a este desconocido artista y valorar su obra.
José Vela Zanetti fue un artista burgalés que, cuando era pequeño, se trasladó a León. No ha sido muy reconocido en España pero es el autor, nada más ni nada menos, que del mural “La lucha del hombre por la paz” que preside la sede de la ONU en Nueva York.

Recientemente, recorriendo mi listado de feeds, en una casa amiga hablaban de un libro de María Vela Zanetti. En ese momento se encendió una vaga luz de recuerdo en mi cerebro. Le pregunté a Txetxu si tenía algún parentesco con el artista y resultó ser que era su hija.
Tras las indagaciones de mi consultor con valor, ha acabado en mis manos el libro de María, Maneras de no hacer nada, con una dedicatoria personalizada. Un detallazo de una escritora que se auto-define como una aficionada a las palabras, a la sombra de su luminosa vida privada, monótona pero llena de satisfacciones.
Como siempre pequeñas historias frutos de la casualidad, ¿o no tanto? ¿Hubiese pasado esto sin Internet? Quizás me he cruzado algún día por las calles de León con María, pero jamás hubiera sabido de su vena literaria, ni de su parentesco.
En unos días me voy para la Gran Manzana, aunque me temo que no me dejarán ver el mural. Si alguien lee este blog y, a través de sus contactos, puede lograr que lo contemple, se corroborará aún más la teoría de los seis grados (por probar…
).
14-03-2006
A quién no le ha pasado alguna vez que se pone a hablar con un desconocido y terminan descubriendo que comparten conocidos comunes.
Este fenómeno es denominado como “Seis grados de separación”: dos personas tomadas al azar de entre todos los habitantes del planeta estarían unidas por una cadena de conocidos de, como mucho, seis miembros.
Al hilo de esto, hace unos años se puso de moda en Estados Unidos un pasatiempo llamado el juego de Bacon (con la figura del actor Kevin Bacon como referente). El juego consiste en pensar en otro actor cualquiera y buscar su número “Bacon”. Si el actor en cuestión ha trabajado en una película con Kevin Bacon, su número “Bacon” es uno. Si ha trabajado en una película con alguien que ha trabajado con Kevin Bacon, su número “Bacon” es dos y así sucesivamente. Sorprendentemente, es muy difícil encontrar un actor que tenga un número “Bacon” mayor que 6. El número “Bacon” promedio del total de 535.996 actores de todo el mundo presentes en la base de datos es, tan solo, ¡2,929!, lo que, traducido, quiere decir que cualquier actor del mundo está a una distancia promedio (medida en número de conexiones) menor de 3 de Kevin Bacon.
En el departamento de Ciencias de la Computación de la Universidad de Virginia, han llevado la idea del juego hasta su extremo. Gracias a la base de datos de actores más grande del mundo, Internet Movie Database, compuesta por más de medio millón de nombres y unas 275.000 películas, el Oráculo de Virginia es capaz de determinar instantáneamente el número de Bacon de cualquier actor o actriz.
Como ejemplo, probaremos con Amparo Baró (la Sole de “7 vidas”). La introducimos en el Oráculo y nos dice que su número Bacon es de 3. Amparo Baró trabajó en la película “Boca a Boca” (1995) junto con Alastair Mackenzie (I) que a su vez trabajó en “The Last Great Wilderness” (2002). En este mismo film, actuaba David Hayman que trabajó junto a Kevin Bacon en la película “Where the Truth Lies” (2005). Acojonante, eh???

Si es que ¡el mundo es un pañuelo! (aunque yo tengo mi propia versión: el mundo es un pañuelo… lleno de mocos).