¿Tiene la tecnología ideología?

Robot

Artículo publicado en la Revista Deusto Nº 123 (verano 2014).

A lo largo de la vida te sueles cruzar con afirmaciones que, por estar muy extendidas, se asimilan ya como ciertas sin reflexionar apenas sobre ellas. Una de esas que me suele poner en guardia es la de que la tecnología es neutral. Cuando alguien me lanza esta frase, le suelo recitar de memoria la primera ley de Kranzberg que dice que no es buena ni mala, pero tampoco neutral.

Sin ir más lejos, basta con analizar cómo determinadas aplicaciones o herramientas han cambiado nuestros comportamientos. Me viene a la cabeza el efecto que el WhatsApp ha supuesto en nuestra forma de quedar o interactuar. De pasar a tocarnos los timbres por los barrios o llegar puntuales a una cita, a depender de nuestro smartphone para ello. Incluso con patologías de nueva cuña como es el caso de la nomofobia (no mobile phone phobia), que engloba el pánico a estar sin móvil, o bien que nos quedemos sin batería, cobertura o saldo. Otro ejemplo es la concepción colaborativa que tiene ya una wiki como herramienta, sin necesidad de introducir a un ser humano en la ecuación. Y qué decir de la de una bomba atómica. Para verlo aún más claro, es recomendable leer el libro ‘La ballena y el reactor: Una búsqueda de los límites en la era de la alta tecnología‘ del politólogo Langdon Winner. En él se describe un caso real: los pasos elevados construidos durante los años veinte y treinta en Nueva York, que conectaban la ciudad con las zonas de recreo y playas de Long Island. Estos pasos eran inusualmente bajos, favoreciendo con ello el tránsito de vehículos particulares y obstaculizando el del transporte público. ¿Qué se logró con esto? Limitar la circulación de las clases más desfavorecidas a esas localizaciones. Por tanto, aunque los pasos eran arquitectónicamente correctos y cualquier persona hubiera podido transitar por ellos, no eran neutros.

Si centramos aún más el tiro en las redes sociales digitales, veremos que estas plataformas no son social ni ideológicamente neutrales. Hay una parte de ese déficit que viene marcada por la intencionalidad de las personas que las concibieron, pero también hay otra muy importante que se escapa a estos designios. Nicholas Carr describe muy bien esos efectos que están moldeando una nueva sociedad en su libro ‘Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?’. Nuestro cerebro se está convirtiendo en una herramienta excelente para gestionar la multitarea, al mismo tiempo que disminuye su capacidad de concentración en una sola ocupación. También habla de cómo estas ladronas de tiempo y atención, que son las redes sociales, bogan por una mayor superficialidad frente al pensamiento más profundo, poniendo énfasis en la inmediatez y los mensajes cortos.

Estas plataformas también están enfrentando conceptos como la comodidad versus la privacidad. De hecho, muchos creemos que nos encaminamos a una sociedad más parecida a lo que anticipó Huxley en ‘Un mundo feliz’ que al Gran Hermano que describe Orwell en ‘1984’. Para explicar mejor esta cuestión, me voy a atrever a apropiarme del concepto de la Ventana de Johari, una herramienta de psicología cognitiva. Esta teoría fue expuesta por Joseph Luft y Harry Ingham, dos investigadores estadounidenses, allá por 1955. Se trata de un modelo que muestra nuestras interrelaciones desde dos prismas: cómo y cuánto nos exponemos a los demás y cómo y cuánto nos conocemos nosotros mismos. Esta ventana tiene cuatro cristales:

  • Cristal abierto: lo que yo conozco de mí misma y que además sabe el resto del mundo. Dicho de otra manera, ese nuevo concepto que está tan de moda en el mundo digital: la extimidad, aquello que hacemos público y accesible a todos.
  • Cristal oculto: lo que yo sé de mí misma pero no comparto con los demás. Ese bien cada vez menos preciado que es la intimidad.
  • Cristal ciego: todo aquello que los demás ven en nosotros y nosotros no detectamos (la impresión que causamos en los demás).
  • Cristal desconocido: lo que no sabemos nosotros ni los demás (el inconsciente).

En este caso me voy a centrar en las dos primeras áreas, que son las que más están evolucionando por el efecto de la tecnología. Si bien el cristal abierto antes crecía al mismo ritmo que la confianza (es decir, contra más conocías a alguien, más exponías de ti a esa persona), hoy en día esa zona está canibalizando al cristal oculto sin casi necesidad de un contacto previo. Nos gusta mostrarnos, hablar de nosotros mismos. Pocas cosas quedan en ese segundo cuadrante y casi siempre son aquellas que nos avergüenzan o no queremos que se sepan por el “qué dirán”.

En este punto es cuando muchas personas saltan con aquello de que, en última instancia, tú puedes decidir qué herramientas usar y cuáles no. De nuevo, otra falacia. Porque en muchas ocasiones, tanto el ámbito personal como el profesional nos empujan a esas plataformas, determinando la forma en la que socializamos e incitándonos a comportarnos de una determinada manera. Por ejemplo, si en el trabajo decides no usar el correo electrónico mientras que tu entorno sí lo utiliza, tendrás problemas. O si tus amigos se comunican a través de las redes sociales y tú no las usas, terminarás estando aislado socialmente. Como bien decía una compañera docente, no debemos preocuparnos por los jóvenes que están en las redes sociales sino por los que no lo están.

Las tecnologías han ido transformando las formas de pensamiento de la sociedad (no sabemos si a mejor o a peor), pero lo que sí es evidente es que neutrales no son. ¿Estarán mermando nuestra libertad como individuos y encima sin que seamos conscientes de ello?

Imagen de CJ Isherwood (CC by-sa)

Por el día, directora de identidad digital en la Universidad de Deusto. Por la noche, rompiendo techos de cristal en Doce Miradas. Y como dormir está sobrevalorado, colaboro en Radio Bilbao en la sección "De las ondas a la red" del programa Hoy por Hoy Bilbao. Puedes saber más de mí o echar un vistazo a mis publicaciones, cursos y participación en congresos.

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