Artículo publicado en la Revista Deusto Nº 114 (primavera 2012)
El modelo de negocio estrella hoy día en Internet es el freeconomics o, dicho en la lengua de Cervantes, la «economía de lo gratis». Este término fue acuñado por Chris Anderson en 2008 para referirse a la ola que nos inundaba e inunda de plataformas que ofrecen sus servicios por cero euros. Ahora bien, si los usuarios no pagamos, ¿cómo son capaces de subsistir? Pues la respuesta quizá esté en que no lo hacemos con dinero, pero sí con nuestros datos. Ese es el caso de gigantes como Facebook, Google, Twitter,… ¿Existe una alternativa a este modelo? Además del pago por suscripción, poco a poco se empieza a mover otra corriente en la que el usuario tiene un papel más participativo: el crowdfunding o microfinanciación colectiva distribuida. Si tienes un proyecto que quieres poner en marcha, lo presupuestas y abres al público para que las personas interesadas puedan hacerlo realidad mediante pequeñas donaciones/inversiones económicas u otros recursos (tareas dentro del proyecto, nuestro tiempo, etc…). Es decir, se trata de un mecenazgo aprovechando el poder de las masas y aquello de que las montañas se componen de pequeños granos de arena. A cambio, a esos usuarios que han colaborado se les ofrece una contraprestación: accionariado proporcional, el propio resultado del proyecto, experiencias o la satisfacción de ver algo cumplido. Normalmente se estima una cantidad de dinero que pudiera costar poner en marcha esa idea y se funciona con un todo o nada: si el proyecto no reúne el dinero necesario en un tiempo determinado no se lleva a cabo y tampoco se cobra a los usuarios interesados en colaborar.
Por este método han pasado mundos de lo más variopintos: el cinematográfico con casos como el de la película El Cosmonauta que, a cambio de dos euros, incluían nuestro nombre en los títulos de crédito; el musical, con bandas como el grupo británico de rock Marillion que consiguió sufragar su gira por Estados Unidos que costó 60.000 dólares; o el editorial, como es el caso del autor e ilustrador de web-cómics, Rich Burlew, que logró recaudar algo más de 1 millón de euros a través de las aportaciones de 14.952 fans para poder trasladar sus obras a la edición impresa.
Una de las plataformas más exitosas a nivel mundial para lanzar y financiar proyectos mediante crowdfunding es Kickstarter. Creada en 2009, ha recaudado la friolera de 20 millones de euros para más de 500 proyectos. En Kickstarter no se invierte ni se presta. Se participa. A cambio del dinero, los creadores ofrecen productos y experiencias únicas como premio a quienes hagan una aportación. Por ejemplo, si un músico quiere auto-producirse su álbum, recompensa a los internautas que le apoyen con la descarga digital del mismo o bien con el disco físico. Solo admite proyectos con base en Estados Unidos y no deja que se lancen campañas que busquen obtener dinero para la caridad. Un ejemplo de uso de esta lanzadera es el que hizo Diáspora, una propuesta de red social libre donde la privacidad está gestionada por el propio usuario y que recaudó 200.000 dólares de 6.500 donantes cuando únicamente solicitaban 10.000.
El año pasado la Fundación Fuentes Abiertas decidió también lanzar su propia red social de crowdfunding, Goteo. Sin embargo, no se trata de una iniciativa más sino que cuenta con una característica diferenciadora: está dirigida exclusivamente a proyectos con «ADN abierto». Su misión principal es potenciar la creación de bienes comunes o procomún mediante el desarrollo de proyectos sociales, culturales, educativos, tecnológicos… que contribuyan al fortalecimiento del dominio público y con retornos colectivos licenciables bajo copyleft. Gota a gota la comunidad puede hacer aportaciones monetarias y colaborar de manera distribuida con servicios, infraestructuras, microtareas y otros recursos. A cambio, toda la sociedad se debe beneficiar de los resultados de esas iniciativas.
Como vemos, este modelo se presenta como una alternativa a otros basados en la gratuidad pero de igual manera en la dependencia y la instrumentalización de la información que en ocasiones «donamos» de manera involuntaria a grandes plataformas. Además posibilita que los pequeños nichos pueden tener cabida en un mundo tan globalizado gracias a la existencia de usuarios interesados y activos que los apoyan y elevan. Ante la propuesta de unificación de comportamientos que nos ofrecen los grandes de Internet, aún nos quedará un reducto para los pequeños barrios. En época de crisis, ¿qué tal si volvemos al trueque?
¿Dos posts en un único mes? ¿Será grave, doctor? Que nadie se alarme, que parece un síntoma pasajero fruto de las vacaciones y el tiempo extra disponible para mi amado txoko.
Iba a escribir sobre la compra de Instagram por parte de Facebook, pero como creo que ya está más que trillada y comentada la jugada, me centraré en un aspecto colateral a estas compras. Parece que unos pocos quieren que Internet sea en tripolio formado por Facebook, Google y el mundo Apple (o cuatripolio si metemos a Twitter en el meollo… y si existiera la palabra cuatripolio ).
A consecuencia de esto, uno de los estándares que más se popularizó en la era primigenia del 2.0, está en decadencia y denostado por estos gerifaltes: el RSS. ¿Y por qué? Sencillo: RSS es sinónimo de interoperabildad. Con un feed somos capaces de llevarnos datos de un lado a otro mediante herramientas intermedias (como es el caso de twitterfeed, yahoo pipes o ifttt) y leer los contenidos que realmente nos interesan fuera de esas grandes plataformas como son Facebook, Twitter, etc… Sin embargo, a los grandes oligarcas no les interesa para nada eso (hacen suyo el dicho que al enemigo ni agua). Quieren todo tu tiempo y que lo gastes en su plataforma para así impactarte una y otra vez con su publicidad, el magma que les sustenta.
Es por esto que cada vez resulta más difícil encontrar el RSS, que antes estaba visible, en estos servicios. Pero en la mayoría de los casos, sólo lo han escondido. Juguemos pues al escondite con ellos:
Páginas de Facebook
El nuevo diseño de las páginas de Facebook nos ha traído como huevo de Pascua la desaparición del enlace al RSS de esas páginas. Sin embargo, aunque esté oculto, no quiere decir que ya no exista. El feed se construye de la siguiente forma:
Por tanto, nos queda averiguar el ID de la página. En las páginas que aún no se le ha puesto una url “bonita” es sencillo porque aparece en la propia dirección. Para el resto, basta con que vayamos a http://graph.facebook.com/NOMBREDELAPAGINA (por ejemplo, NOMBREDELAPAGINA sería UDeusto en el caso de https://www.facebook.com/UDeusto)
Este es sencillo y sí está a la vista. Si nos vamos a https://www.facebook.com/notifications, tenemos el enlace en la parte superior (a ver cuánto dura… ).
Perfiles de Twitter
En Twitter también aprovecharon el rediseño para esconder el RSS de los perfiles de usuario. Pero podemos construirlo de la siguiente manera:
Nuestra (a)preciada herramienta de búsqueda en Twitter también ha optado por ocultar el icono del RSS. Así que los que hacíamos un seguimiento de una marca en concreto, tenemos que generar el feed de la siguiente manera:
Y el más difícil todavía, acotar un parámetro de búsqueda para un usuario en concreto. Es decir, el RSS de todos los tweets que publique alguien con una palabra determinada. Algunos diréis, ¿y para qué quieres eso? Pues por ejemplo, mediante ifttt puedes publicar en una cuenta institucional de twitter los mensajes que saques con tu cuenta personal y una etiqueta específica (y no todas). O para mandar unos trinos específicos a Facebook en vez de todos.
Siguiendo con la lista de plataformas que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid (es decir, un rediseño), ocultan el RSS, le toca el turno a Slideshare. Para obtener el feed de una cuenta en particular:
Con todo esto y un lector de feeds, podremos hacer nuestro propio cuadro de mandos para gestionar la identidad digital de una entidad o persona (o cosa). Un poco de DIY para sacar jugo a la información, por muy difícil que nos lo pongan en algunas plataformas .
Los blogs están muertos, dicen algunos. Los textos largos también. Lo que ahora se lleva son las redes sociales. Mensajes de menos de 140 caracteres o, aún mejor, impactos visuales como los que te proponen plataformas tipo Pinterest, el último bar de moda en Internet. De hecho, se habla ya de la generación multimedia. Alumnos a los que no podemos ganar con textos largos y elaborados, sino con cosas fáciles y rápidas de consumir (¡que no se te ocurra darles un vídeo de más de 15 minutos tampoco!).
Aún recuerdo cuando asomaban la patita espacios como Twitter o Facebook (ya sabéis que enseguida me sale mi vena de abuela cibercebolleta, pero es que ya hace más de cinco años que arranqué yo con mis cuentas). Lo que más valorábamos en aquellos tiempos era la horizontalidad de esas herramientas. Todo el mundo podía hablar al mismo nivel sin que nadie orquestara la conversación como sucede en un blog. ¿Pero es esa horizontalidad la razón de su éxito y la causa del fallecimiento de las bitácoras? ¿O más bien se trata de que son herramientas idóneas para cultivar la celeridad en la que nos hallamos sumergidos y la superficialidad en los contenidos (que no se entienda superficialidad como frivolidad sino más bien como contenidos que no se han meditado en exceso)?
Viendo hoy esta joya que encontré en el blog del páter donde Susan Cain hace un alegato a los introvertidos, me he puesto a pensar (algo que, por muy feo que suene, hacía tiempo no practicaba con calma y sosiego):
¿Cuándo fue la última vez que hablaste contigo mismo? Que reservaste unas horas para reflexionar sobre algo (sin nadie a tu alrededor, tampoco Internet reclamando tu atención, ni música de fondo, …). Yo me confieso y diré que hacía mucho de ello. Tengo que rellenar cada segundo de mi vida con actividad y muchas veces me pregunto si no lo haré para no pararme a pensar. Eso da pereza… e incluso miedo, no vaya a ser que descubramos el vacío. Mucha acción y poca reflexión. Cuando estoy pensando en algo durante más de un minuto, otras cosas asaltan mi cabeza como las ventanas emergentes de un navegador o las nuevas publicaciones de esas redes sociales. ¿En qué estaba yo pensando…? Se me ha olvidado.
En esta nueva cultura, que además impera en la Red, estamos continuamente hablando a los demás (y nunca a nosotros mismos) a través de esas ventanitas que nos ofrecen las redes sociales. Pero no sé si premeditadamente o no, las ventanitas son pequeñas: ponga aquí su reflexión en menos de 140 caracteres, que los tochos largos e infumables ya nadie se los lee.
¿Pero aún sigues teniendo un blog? ¿Acaso lo tienes dormido porque no te da tiempo a alimentarlo?. ¿O lo que no te da tiempo es a sacar un rato lo suficientemente largo y continuado, sin interrupciones, para meditar sobre lo que sucede a tu alrededor?
Si has llegado hasta el final de esta lectura (y has visto el vídeo completo), aún te puedes salvar. No porque la que escriba lo haga maravillosamente y sea capaz de atrapar tu atención, sino porque tu cerebro aún es capaz de leer pausadamente un texto de más de 140 caracteres y dedicar su tiempo vital a algo que lleve más de cinco minutos. Si además, tras la lectura y el vídeo, te has puesto a reflexionar sobre esto mismo, te animo a que dejes aquí un comentario con esas reflexiones. ¿Cuántos/as lo haréis ? Se admiten apuestas.
Ayer estuvimos de “charleteo” Tíscar Lara, Pedro Alberto Gónzalez y la que escribe, con la excusa del foro de la Facultad de Ingeniería por el 125 aniversario de la Universidad de Deusto. Y como viene siendo costumbre, dejamos testimonio textual por este cuaderno de bitácora.
La identidad digital de una institución, al igual que la de una persona, es distribuida y se compone de tantos pedazos como espacios digitales donde participa y espacios en los que se habla de ella (aunque no esté). Pero a diferencia de la identidad digital de una persona, la de una universidad no se compone exclusivamente de sus perfiles oficiales. Es más como un puzzle de mil piezas. Cada miembro de la entidad es una de esas piezas que comunica (“ecosistema digital”) y cuando las juntas todas obtienes el puzzle completo.
Para una correcta gestión de esta identidad hay que empezar por componer el mapa de “cuerpos comunicantes“. Una buena práctica, aunque sea paradójico, es la de tejer las redes offline para engrasar luego las redes online (¡sinergia macramental!): poner caras y nombres a esos perfiles e intercambiar buenas prácticas y consejos, además de identificar fácilmente a quién se le puede hacer una consulta que nos llega a través de las redes sociales (la clave esta en el conectivismo y no tanto en el conocimiento propio).
Las cuentas genéricas no pueden ni deben aspirar a comunicarlo todo porque sólo estarían contribuyendo a la infoxicación digital. Tal y como nos decían en el colegio, cuando nos poníamos subrayador en mano, “Si todo es importante, nada es importante” (Garr Reynolds). Por tanto, hay que trabajar los micronichos. Cada pieza de nuestro puzzle que se dirija a un público muy segmentado (que cubra una pequeña porción de terreno digital) y se convierta en un referente en ese micronicho. Luego, las cuentas genéricas ya se encargarán de estar a la escucha y destilar la información más relevante. Por cierto, para elaborar un cuadro de mandos de cara a la destilación nos bastará con un agregador de feeds y suscribirnos vía RSS (esa tecnología muerta, leáse con ironía ) al barrio blogosférico de nuestra comunidad, a las cuentas de twitter, a las páginas de facebook, etc…
A veces nos puede el ansia de los números. Creemos que somos influyentes si tenemos n-mil followers o fans y nos ponemos a seguir indiscriminadamente a personas. Pero la influencia no se mide con números. Se mide analizando el radio de actuación que tenemos sobre las personas que nos interesa que nos sigan. Esto no va de un concurso de popularidad. Y tampoco se consigue de la noche a la mañana. Tu comunidad se cuece y enriquece poco a poco. Haciendo un símil musical, tu identidad digital debe labrarse su reputación digital como Adele (por lo que eres y cantas) y no como Lady Gaga (por los fuegos artificiales que tiras alrededor), siendo una buena reputación digital el mejor marketing. Por cierto, cada pieza del puzzle construye también tu reputación digital (visión que otros tienen de nosotros).
Y con este juego de popularidad, también a veces se nos olvida que la identidad digital de una institución no es solo lo que mostramos hacia fuera. Igual de importante o más es la comunicación interna. Trabajar bien esa comunicación hará que podamos canalizar mejor hacia fuera lo que ocurre en nuestra institución. Acabar con situaciones en las que las personas se enteran de lo que sucede a su alrededor antes por lo medios externos que por la conversación interna. Cuanta más conversación, más relación y cuanta más relación, mayor fidelización. No todo el mundo ve la importancia de comunicar, por tanto, la conversación puede ser un buen caldo de cultivo para que nosotros extraigamos y destilemos esa información.
También hay que tratar de reducir al máximo la comunicación bulímica: comunicación en la que todos tragamos cantidades ingentes de información para vomitarla de inmediato, sin apenas masticarla. Pero además, no la vomitamos en un único espacio sino en todos los que podemos con esa idea preconcebida (y errónea) de que tenemos que llegar a todo el mundo (independientemente de que le interese nuestro mensaje o no), machacando como un martillo pilón y haciendo así que la información se multiplique de manera exponencial.
Para volvernos referentes en esos micronichos no basta con “hablar de nuestro libro”. Hay que ser prescriptores de esa temática y también se debe identificar, filtrar y agregar contenidos externos. Estos contenidos no necesitan ser incorporados a las plataformas propias, pudiendo ser utilizados simplemente enlazándolos (Juan Freire).
Lo bueno de las redes sociales y del espacio digital es que, como continuamente está cambiando, es un lugar ideal para la experimentación, lo que hace que se creen cuentas como setas (y sin un objetivo claro… ¡es que está de moda!). Pero no debemos preocuparnos por eso porque también se cumple la Teoría de Evolución de Darwin: con el paso del tiempo, quedan sólo los más fuertes y que mejor han sabido adaptarse al medio. Desde las cuentas genéricas debemos primar a los fuertes (constantes) y redirigir el tráfico y el público hacia ellos. También deberemos utilizar a esos usuarios como virus para el contagio. Es más fácil que el resto vea las posibilidades de los espacios digitales si alguien de dos despachos más allá se lo muestra con un ejemplo práctico y aplicable a su entorno (para acabar así con la manida pregunta “¿y esto para qué me sirve a mí?”).
Y para esas nuevas cuentas, les podemos recomendar que vayan superando fases como en los videojuegos :
Escucha: saber qué se dice de nosotros o de la temática que queremos abordar.
Automatización: envío a esas cuentas de contenidos que tengamos en nuestra web vía RSS, por ejemplo.
Prescripción: publicación de contenidos propios y ajenos.
Comunidad: entrar de lleno en la conversación.
Fidelización: es el santo grial .
Es vital hacer un plan director de comunicación con el rumbo que se quiere tomar (aunque luego se deje un espacio amplio para la experimentación) porque en este mundo tan volátil donde aparecen (y desaparecen) plataformas como setas, hay que intentar tener los pies en el suelo digital y llenarnos de planes B por si determinado servicio cambia o desaparece, además de plantearnos continuamente los “paraqués” de las plataformas.
Intentar centralizar algo que por naturaleza es distribuido es una contradicción en sí mismo. Asumamos las reglas digitales y descentralicemos. «El desorden contiene una información que las empresas necesitan; estrechar las miras quizá aporta eficiencia, pero no es un paso muy inteligente» David Weinberger: Everything is miscellaneous. De hecho, no podemos esperar de brazos cruzados a que los cuerpos comunicantes nos manden la información para que nosotros la publiquemos. Tendremos que hacer escucha proactiva.
Artículo publicado en la Revista Deusto Nº 113 (invierno 2011)
A finales de los años 60 un hito cambió el devenir de nuestra historia tecnológica: cuatro ordenadores se pusieron en contacto a través de la primera red experimental denominada ARPANET. Mucho ha llovido desde entonces, y de esos cuatro ordenadores hemos pasado a millones, llegando incluso a que en 2008 ya hubiera más dispositivos conectados que personas en el planeta. Fijaos que en esta última frase he usado la palabra dispositivo en vez de ordenador, porque cada día es más frecuente que nos conectemos a Internet a través de otros medios como son los smartphones o las tabletas. Pero mucho ojo, porque el ecosistema de mecanismos con acceso a la Red cada vez es más amplio y con funciones de lo más variopintas, formando lo que se ha convenido en denominar el “Internet de las cosas” (Internet of Things, IoT): objetos cotidianos interconectados con una identidad digital propia.
Aunque pueda sonar en ocasiones a ciencia ficción o parezcan sacados de una película de Hollywood, tenemos ya entre nosotros proyectos que hacen que vivamos en ciudades “inteligentes” compuestas por edificios y elementos que se comunican con nosotros o entre ellos sin la intervención humana. Por ejemplo, la domótica ya lleva años evolucionando y nos ofrece electrodomésticos que somos capaces de controlar desde nuestros teléfonos móviles pudiendo, por ejemplo, activar nuestro horno con la receta preseleccionada o encender la luz de una habitación cuando aún estamos en el trabajo. También tenemos básculas que, cada vez que nos subimos, hacen un análisis corporal de nuestro peso o incluso nos permiten mandarlo a Twitter (aunque no todos querremos explotar esta última característica). Se habla de que en un futuro cercano, nuestros aparatos domésticos generarán más información y tráfico de red que sus propietarios de carne y hueso.
La ropa inteligente también se apropiará de nuestra vida, monitorizando, por ejemplo, nuestro corazón y mandando a Internet esos datos cuando la colguemos en su percha. La marca deportiva Nike ha lanzado recientemente unas zapatillas que hacen un seguimiento de los kilómetros recorridos con ellas, la velocidad alcanzada o las calorías quemadas. Tenemos también a nuestra disposición los relojes denominados smartwatch que se sincronizan con nuestros teléfonos móviles y con los que se pueden realizar y recibir llamadas gracias a su micrófono y altavoz integrado, o incluso actualizar nuestro estado en Facebook o Twitter.
La aplicación sanitaria del IoT es una de las que más está avanzando. Por ejemplo, en Estados Unidos, la empresa STAR Analytical Services está desarrollando un programa que analiza la tos de un paciente a través de su teléfono móvil y dándole un diagnóstico remoto tras cotejar su sonido con una base de datos de más de mil perfiles. Pero no queda ahí la cosa: tenemos cuellos de camisa que analizan químicamente el sudor, gafas que revisan nuestros ojos o peines que cuentan el número de cabellos para detectar precozmente la calvicie.
A pesar de que los mundos animal y vegetal pudieran parecer más alejados de la tecnología, nos encontramos con apuestas como la que hace la empresa holandesa Sparked, que diseña sensores aplicados a la ganadería. Estos dispositivos colocados en las orejas de las reses, leen sus constantes vitales y luego las remiten vía Wi-Fi a un ordenador, avisando al granjero cuando una vaca está enferma o embarazada. Pero si eso nos parece sorprendente, no podemos dejar de reseñar el kit que nos ofrece Botanicalls, una empresa norteamericana que se dedica a abrir cauces de comunicación entre plantas y humanos. Ese kit se compone de unos sensores que se implantan (y nunca mejor dicho) en la tierra y que lograrán que nuestras macetas nos pidan a gritos que las reguemos a través de Twitter.
Aunque muchos de los ejemplos que he puesto han sido desarrollados por firmas extranjeras, cerca también tenemos compañías pioneras en este ámbito. Es el caso de Symplio, una empresa de DeustoKabi que se dedica a diseñar productos y experiencias con el objetivo de fusionar el mundo físico e Internet.
Se estima que para 2020 habrá más de 50 billones de objetos conectados a Internet (un promedio de 6 dispositivos por cada habitante del planeta). Con sensores cada día más pequeños y versátiles, etiquetas de identificación por radiofrecuencia (RFID), códigos de respuesta rápida (QR) y elementos aún no inventados, haremos más inteligentes a nuestros objetos (de hecho, veremos el crecimiento progresivo de “cacharrería” a la que se le agregue la palabra smart delante de su nombre). Pero para que este sistema funcione, una cantidad ingente de información se volcará a la Red, con el consecuente riesgo de incurrir en un futuro distópico con controles Orwellianos. Y es que como dirá el dicho popular: “a más sensor, menor privacidad“. Además, si ahora nos encontramos inmersos en plena fase de infoxicación generada por nosotros mismos, cuando los objetos que nos rodean empiecen también a participar de la “fiesta del dato”, ese torrente se convertirá en una inundación.
Con esa idea de futuro de un mundo digital y analógico convergentes, una realidad se hace ya patente y nos persigue: la hiperconectividad.
Aviso a navegantes: este es uno de esos posts que giran en torno a la que escribe, así que todos aquellos que no estén interesados en mi ombligo, pueden parar aquí su lectura.
Qué curiosa es la raza humana. Año tras año, el 31 de diciembre nos ponemos a redactar listas de propósitos para cumplir al año siguiente: que si dejar de fumar, que si apuntarse al gimnasio (lo de ir ya es otro cantar…), que si ser más felices y menos gruñones, … Curioso que lo hagamos el 31, como si un hada con su varita mágica cambiara nuestras vidas de un día para otro (siento deciros que el 1 de enero lo único que es diferente es que la Tierra ha dado una vuelta más alrededor del sol y para algunos elegidos, que el dolor de cabeza que les acompaña es mayúsculo).
Yo soy un tanto escéptica con estas listas de papel mojado, pero se da la circunstancia que este año arranca para mí con cambios en el plano laboral. Abandono mi cargo como responsable tecnológica del CRAI tras más de dos años en ello (cómo pasa el tiempo…) para arrancar un nuevo camino que me apasiona. De mi paso por la biblioteca no tengo más que cosas positivas que decir. He aprendido y crecido tanto en el plano laboral como en el personal y he descubierto a unas instituciones y personas (bibliotecas y bibliotecarios) llenos de pasión y con un papel, en mi opinión, minusvalorado (y me temo que peor que se van a poner las cosas…). Como el gusanillo ya se ha instalado en mí, difícilmente podré desconectar de este mundo.
Pero como la cabra tira al monte, mi nuevo destino ahora es el de directora de identidad digital de la Universidad de Deusto. Esto significa trabajar en la presencia y comunicación tanto interna como externa en el plano tecnológico. Tocará hacer reflexión y estrategia de hacia dónde vamos y hacia dónde nos gustaría ir. Tejer redes en el plano analógico para llevarlas luego al digital y no caer en la comunicación bulímica.
La nueva orientación laboral también tendrá reflejo en este rincón, ya que tocará desahogarse por estos lares de las idas y venidas . Seguiré además compaginando todo esto como hasta ahora con la radio y el desarrollo del portal vasco de la cultura Kulturklik.
Como siempre que se produce un cambio, toca semanas de mariposas en el estómago. Eso sí, mariposas llenas de ilusión. Ahora toca trabajar duro para convertir en realidad lo que tenemos en la cabeza.