Aunque pudiera parecer que entre un escritor y sus lectores hay una línea directa, realmente existe una larga cadena de actores que intervienen desde que una palabra se escapa de la pluma del primero hasta que entra por el ojo de los segundos.
Hace unos años, en mi supina ignorancia, los libros brotaban en las librerías como las hojas de los árboles. No me había parado a pensar en el camino por el que pasaban hasta llegar ahí. Pero un buen día, alguien se molestó en contármelo con detenimiento en un bonito gráfico servilletero . Así que aquí va el resumen para aquellos que, como yo, quieran saber qué hay al otro lado:
Autor/a
De su cabeza parte esta historia (a no ser que te llames Ana Rosa y tengas a un “negro literario” escribiendo en tu nombre). Se trata del padre o madre de la obra (hay incluso ejemplares con varios padres y madres ) y se encarga de lo más difícil: parir una historia. Pero me temo que pronto descubrirá, si no tiene ya reconocimiento en el mercado, que no era lo más doloroso del camino. Aquí aparecen las típicas imágenes que nos han grabado en la retina las películas americanas: bohemios escribiendo con chaqueta de lana en su casa de la montaña (por supuesto a mano o a máquina… de escribir). Tras este proceso romántico (que supongo que la realidad le restará bastante glamour) nace un manuscrito. Y con ese manuscrito, saltamos al siguiente actor en esta cadena.
Agente
Al igual que los actores y actrices, la mayoría de escritores necesitan que alguien haga de interlocutor entre ellos y las editoriales para que su libro se publique. También servirán como asesores para saber qué firman en cuanto a derechos de autor se refiere.
Editor/a
A través de un agente o del propio autor, al editor le llegan esos manuscritos que serán la génesis de un futuro libro. Éste evalúa las obras que recibe y decide si merecen o no publicarse, pudiendo incluso hacer correcciones sobre la forma y el fondo. De hecho, en este proceso, los libros se enriquecen a través de las figuras de ilustradores, traductores, correctores de ortografía, maquetadores, …
Los editores negocian los derechos de autor (que pueden ser adquiridos a nivel territorial, es decir, sólo para la publicación en un determinado país o para un idioma en concreto, un soporte en concreto, etc.).
Por otro lado, también fijan el precio de los libros (precio que dependerá del formato y material elegido: cartoné, libro de bolsillo, electrónico, ..) y dado que en España existe una Ley de precio fijo, éste será el mismo en todos los establecimientos donde se ponga a la venta. Como mucho, se le podrá aplicar un 5% de descuento (rebaja que aplican sistemáticamente las grandes superficies) o un 10% en ferias del libro (las bibliotecas pueden beneficiarse de hasta un 15%). Por cierto, entrando en el plano digital, ¿sabíais que los libros en formato papel soportan un 4% de IVA mientas que los ebooks un 18%?
La mayoría de editores españoles se agrupan bajo la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE), una asociación que representa y defiende los intereses generales del sector editorial. La FGEE es la nueva responsable (desde 2011) de “vender” los ISBN de los libros. Fijaos que he puesto vender, porque hasta este año, era un servicio gratuito ofrecido por la agencia del ISBN (servicio público) que ahora se ha privatizado y que obliga, además, a adquirir packs de 10 (vayas a editar 10 libros o no). Recomiendo la lectura de este post de Álvaro Sobrino sobre el tema. Hasta 2009 era obligatorio que cada libro contara con su propio ISBN, pero ahora ya no. Por cierto, en diferentes formatos un mismo libro tiene diferentes ISBN. Es decir, el formato papel tendrá un ISBN diferente al electrónico. Pero ahí no queda la cosa, porque dentro del electrónico también tiene diferente ISBN el PDF que el ePub. No es de extrañar con esta sobreabundancia que, hace tres años, el ISBN pasara de tener 10 dígitos a 13.
La FGEE también es la responsable de proyectos como DILVE (gran base de datos con la información de los libros españoles en venta).
Distribuidor/a
Hasta la aparición de la impresión bajo demanda (es decir, un libro en papel no nace hasta que un lector no lo pide en su librería habitual o en Internet), se lanzaban tiradas de impresión (lo que se conoce luego como ediciones). Esas tiradas tienen que almacenarse en alguna parte. De eso se encargan los distribuidores y, por supuesto, de repartir luego esos ejemplares por las diferentes librerías. Además, hacen a menudo (sobre todo para las editoriales pequeñas) el papel de ‘agentes comerciales’ presentando las novedades a las librerías.
FANDE (Federación de Asociaciones Nacionales de Distribuidores de Ediciones) es el órgano representativo del sector de la distribución de libros y publicaciones periódicas en España.
Librero/a
Y llegamos por fin a los espacios donde los libros se reúnen con sus lectores pidiendo desde las estanterías ser comprados para que los lectores los hagan suyos en sus casas .
CEGAL es la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros. Suyo es el portal todostuslibros.com, que ofrece información de más de un millón de libros y su disponibilidad en las librerías.
Presentados todos los actores, ¿cómo se reparten la tarta? Para que nos hagamos una idea, de lo que nos cuesta un libro a los lectores, el distribuidor se lleva un 10%-20% del precio; el librero, un 30%-40%; el editor un 35% (el 20% lo emplea en la producción del propio libro); y el autor, un 8-10% (porcentaje que es significativo sólo si el libro goza del apoyo del público). Como vemos, esta tarta no “engorda” a ninguno de los implicados.
¿Y cómo salir de este circuito con tantos pasos y tantas bocas que alimentar? Pues claramente tocará saltarse puestos e ir de oca a oca mediante la autopublicación u otras fórmulas (aunque movimientos como la privatización del ISBN no ayuden en absoluto). ¿Será el tsunami digital el que modifique estos estamentos hasta ahora estancos? Proyectos como Libranda han intentado perpetuar la cadena tradicional, pero han fracasado estrepitosamente. En el futuro, veremos como algunas figuras hibridan o incluso mutan.
Finalizaremos este post con un vídeo que nos muestra cómo se hacía un libro en 1947:
Millones de gracias al diseñador de esa servilleta que tuvo la paciencia suficiente para contarme todo y revisar esto ahora.
Viendo esta estupenda presentación de Pilar Gonzalo, me topo con el concepto “aprendizaje bulímico (tragar y vomitar)” y no sé si será deformación profesional o qué, pero lo primero que he visionado en mi cabeza ha sido la comunicación bulímica que últimamente me rodea. Esa comunicación en la que todos tragamos cantidades ingentes de información para vomitarla de inmediato, sin apenas masticarla. Pero además, no la vomitamos en un único espacio sino en todos los que podemos con esa idea preconcebida (y errónea) de que tenemos que llegar a todo el mundo (independientemente de que le interese nuestro mensaje o no), machacando como un martillo pilón y haciendo así que la información se multiplique de manera exponencial.
No es de extrañar, por tanto, las conclusiones que arrojan este estudio de IBM que asevera que el 90% de los datos del mundo se han creado en los últimos dos años.
Lo peor de esto es que todos ejercemos de pequeñas mangueras de comunicación, que salpicamos a los que tenemos en nuestro círculo más próximo. Yo acelero mis ritmos, consumo información de forma más apresurada y hago lecturas más verticales. Lo hago y, sin apenas reposar, vomito el contenido a los que tengo a mi alrededor (que parece que cada día son más, porque según este estudio de la Universidad de Milán, la teoría de los 6 grados ha bajado a 4.74 ), que a su vez, actúan de la misma manera. Un vórtice del que es difícil salir.
Quizás haya que ponerse a dieta de información, como nos recomendó ya hace tiempo Neus Arqués, seleccionando con especial cuidado a nuestros prescriptores y meditando muy mucho lo que compartimos (para convertirnos a su vez en prescriptores de interés).
Abro este cajón de (de)sastre para guardar el material preparado y usado en unos cursos de formación al profesorado de la Universidad de Deusto. Se trata de una evolución de un post que ya publiqué en su día, condimentado con esta excelente “pimienta” de la Universidad de Granada.
El mundo digital ha irrumpido en nuestras aulas generando muchas dudas, incertidumbres y miedos. Pero en vez de pelear por proteger nuestros ficheros para que nadie los pueda copiar, imprimir o consumir, la Universidad tiene que trabajar para lo contrario: difundir el conocimiento. El poder de la remezcla es la base del ámbito educativo y de la investigación. Conocida es la cita de Isaac Newton “Si he visto más lejos es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes“, que en sí ya es un producto de la remezcla, pues deriva de la cita de Diego de Estella “unos pigmeos subidos a los hombros de unos gigantes verán más lejos que los gigantes mismos“, que a su vez lo hace de Robert Burton “un enano subido a los hombros de un gigante puede ver más lejos que el mismo gigante“.
Así que, en vez de empecinarnos en estudiar DRMs y demás zarandajas (lo prohibido genera aún más deseo ), lo mejor será conocer de primera mano en qué consiste eso de los “Derechos de autor” (eso sí, IANAL ).
Los derechos de autor son un conjunto de normas y principios que regulan los derechos morales y patrimoniales sobre las creaciones de esas personas. Tenemos aquí una primera división interesante:
Derechos morales (paternidad, integridad, divulgación, …): protegen la maternidad/paternidad de la obra. Estos derechos no se pueden ceder, vender o transferir, perpetuos en el caso de la legislación española e independientes de la licencia de la obra. Incluso siendo de dominio público, las derechos morales del autor deben ser reconocidos. En el caso de obras en las que participa más de un autor, se pueden distinguir dos categorías: obras en colaboración y obras colectivas. El primer caso es el resultado unitario de la colaboración de varios autores y los derechos corresponden a todos ellos. La obra colectiva, sin embargo, es aquella creada por la iniciativa y bajo la coordinación de una persona natural o jurídica que la edita y divulga bajo su nombre y está constituida por la reunión de aportaciones de diferentes autores cuya contribución personal se funde en una creación única y autónoma, siendo esa persona natural o jurídica la que tiene los derechos.
Derechos patrimoniales (reproducción, distribución, comunicación pública, transformación): aquí es donde vienen las trifulcas, dado que son todos aquellos que definen la explotación de la obra, las retribuciones por su uso, reproducción y difusión, etc… Estos sí se pueden ceder, vender o transferir. Y estos son los que se limitan o amplían con las diferentes licencias o contratos: copyright, copyleft, dominio público, creative commons, … En la legislación española actualmente tienen una duración de 70 años después del fallecimiento del autor (a excepción de las obras creadas por autores fallecidos antes del 7 diciembre de 1987, que tendrán una duración de 80 años), momento en el que la obra pasa al dominio público, pudiendo ser utilizada por cualquiera, de forma libre y gratuita. Para obras colectivas o de autores anónimos, los 70 años se cuentan desde la divulgación lícita de la obra. El cómputo de esos años empieza el 1 de enero del año siguiente al fallecimiento o divulgación.
Copyright: todos los derechos reservados. El término “copyright”, proviene del derecho anglosajón. En concreto, el Estatuto de la Reina Ana (1709, Inglaterra). En 1790, en los Estados Unidos se aprueba la primera ley sobre copyright que tenía una duración de 14 años tras la creación de la obra. Actualmente, como anteriormente hemos comentado, en España es de 70 años tras la muerte del autor (y en algunos casos puede llegar a ser incluso 80 años).
Copyleft: se eliminan las restricciones de distribución o modificación impuestas por el copyright, con la condición de que el trabajo derivado se mantenga con el mismo régimen de derechos de autor que el original.
Creative Commons: algunos derechos reservados. Especifica que se permiten ciertos usos de nuestras obras, bajo ciertas condiciones, que combinadas, forman las seis licencias existentes. Estas son las cuatro condiciones:
Reconocimiento (Attribution): En cualquier explotación de la obra autorizada por la licencia hará falta reconocer la autoría.
No Comercial (Non commercial): La explotación de la obra queda limitada a usos no comerciales.
Sin obras derivadas (No Derivate Works): La autorización para explotar la obra no incluye la transformación para crear una obra derivada.
Compartir Igual (Share alike): La explotación autorizada incluye la creación de obras derivadas siempre que mantengan la misma licencia al ser divulgadas.
Creative Commons es una organización no gubernamental sin ánimo de lucro fundada por Lawrence Lessig, profesor de derecho en la Universidad de Stanford y especialista en ciberderecho.
En este gráfico se muestran a la perfección los grados de libertad que conceden cada una de las licencias anteriormente explicadas. Por un lado, tenemos los dos polos: copyright (todos los derechos reservados) y dominio público (cualquiera puede explotar esas obras) y luego están los estadios intermedios.
Cualquier creación original artística, literaria o científica expresada por cualquier medio o soporte, tangible o intangible, actualmente conocido o que se invente en el futuro. Por otra parte, el título de una obra, cuando sea original, quedará protegido como parte de ella. Además de las obras originales en sentido estricto, las leyes de derecho de autor protegen las denominadas obras derivadas, es decir, aquéllas que son el resultado de la transformación de otras obras preexistentes y que exigen esfuerzo creador (por ejemplo, las traducciones y adaptaciones).
Excepciones y/o limitaciones de los derechos de autor
Copia privada. Artículo 31.2 de la LPI:
“No necesita autorización del autor la reproducción, en cualquier soporte, de obras ya divulgadas cuando se lleve a cabo por una persona física para su uso privado a partir de obras a las que haya accedido legalmente y la copia obtenida no sea objeto de una utilización colectiva ni lucrativa [...]. Quedan excluidas de lo dispuesto en este apartado las bases de datos electrónicas y, en aplicación del artículo 99.a, los programas de ordenador“.
Derecho a cita: no es preciso ningún tipo de autorización por parte del titular de los derechos (siempre y cuando se haya divulgado la obra). Las citas deberán mencionar “la fuente y el nombre del autor si ese nombre figura en la fuente”. En Internet, un enlace a una página web es el equivalente digital de la citación analógica (con contadas excepciones como son algunos casos de framing, deep linking e inlining). Artículo 32 de la LPI:
“Es lícita la inclusión en una obra propia de fragmentos de otras ajenas de naturaleza escrita, sonora o audiovisual, así como la de obras aisladas de carácter plástico o fotográfico figurativo, siempre que se trate de obras ya divulgadas y su inclusión se realice a título de cita o para su análisis, comentario o juicio crítico. Tal utilización sólo podrá realizarse con fines docentes o de investigación, en la medida justificada por el fin de esa incorporación e indicando la fuente y el nombre del autor de la obra utilizada. Las recopilaciones periódicas efectuadas en forma de reseñas o revista de prensa tendrán la consideración de citas. No obstante, cuando se realicen recopilaciones de artículos periodísticos que consistan básicamente en su mera reproducción y dicha actividad se realice con fines comerciales, el autor que no se haya opuesto expresamente tendrá derecho a percibir una remuneración equitativa. En caso de oposición expresa del autor, dicha actividad no se entenderá amparada por este límite”.
Ilustración de la enseñanza. Artículo 32.2 de la LPI:
“No necesitará autorización del autor el profesorado de la educación reglada para realizar actos de reproducción, distribución y comunicación pública de pequeños fragmentos de obras o de obras aisladas de carácter plástico o fotográfico figurativo, excluidos los libros de texto y los manuales universitarios, cuando tales actos se hagan únicamente para la ilustración de sus actividades educativas en las aulas, en la medida justificada por la finalidad no comercial perseguida, siempre que se trate de obras ya divulgadas y, salvo en los casos en que resulte imposible, se incluyan el nombre del autor y la fuente. No se entenderán comprendidas en el párrafo anterior la reproducción, distribución y comunicación pública de compilaciones o agrupaciones de fragmentos de obras o de obras aisladas de carácter plástico o fotográfico figurativo“.
Es decir, podremos compartir estas obras en nuestras aulas, dentro de nuestra plataforma de e-learning (siempre y cuando esté restringido el acceso a nuestros alumnos), pero no en una web abierta a todo el mundo.
Disposiciones legales. Artículo 13 de la LPI:
“No son objeto de propiedad intelectual las disposiciones legales o reglamentarias y sus correspondientes proyectos, las resoluciones de los órganos jurisdiccionales y los actos, acuerdos, deliberaciones y dictámenes de los organismos públicos, así como las traducciones oficiales de todos los textos anteriores”.
Excepción para bibliotecas, museos, fonotecas, filmotecas, hemerotecas. Artículo 37 de la LPI:
“Reproducción, préstamo y consulta de obras mediante terminales especializados en determinados establecimientos“.
¿Y cómo gestionamos los derechos de nuestras obras?
Para tener los derechos de una obra NO es necesario cumplir ningún tipo de requisito formal, ya sea la inscripción en un registro, el depósito legal o poner el símbolo del copyright (en el caso de seleccionar esa licencia sobre nuestra obra). Esos derechos corresponden ya al autor en el mismo momento de su creación (artículo 1 de la LPI), esté en formato físico o en formato digital (que la idea de que en Internet todo es más fácilmente copiable o accesible no nos lleve al equívoco de que aquí no hay derechos de autor).
Sin embargo, en determinadas ocasiones, es recomendable registrar nuestras obras. Para el contenido digital, tenemos fórmulas similares al Registro General de la Propiedad Intelectual para licenciar nuestros trabajos:
Safe Creative es una sede donde podremos registrar de forma on-line y gratuita nuestras obras bajo diferentes modelos de derechos de autor. De esta forma, queda constancia de quién es el autor, así como la licencia bajo la que está.
Para que una obra esté bajo CC, sólo es necesario incluir la imagen que define el “sabor” seleccionado así como la versión de la licencia (no hay que registrarla en ninguna parte). En la web de Creative Commons te ofrecen desde tres elementos:
Commons Deed: Es un resumen fácilmente comprensible del texto legal con los iconos relevantes.
Legal Code: El código legal completo en el que se basa la licencia que has escogido.
Digital Code: El código digital, que puede leer la máquina y que sirve para que los motores de búsqueda y otras aplicaciones identifiquen tu trabajo y sus condiciones de uso (metadatos que hacen que tu trabajo aparezca además en los buscadores de Creative Commons).
Los derechos de autor se gestionan frecuentemente, por razones prácticas, a través de sociedades de gestión colectiva (música – SGAE, libros – CEDRO, medios audiovisuales – DAMA, obras plásticas – VEGAP), organizaciones privadas de base asociativa y naturaleza no lucrativa.
Falsos mitos
Copyleft no es igual a Creative Commons. Hay obras que se pueden licenciar con Creative Commons y que no obligan a que el trabajo derivado se mantenga con el mismo régimen de derechos de autor que el original (requisito imprescindible en el copyleft).
Creative Commons es sinónimo de gratuito: ni mucho menos. Se pueden comercializar obras independientemente de que los usuarios luego puedan compartirlas, modificarlas, etc…
CC sólo sirve para obras que están en Internet: ¡mentira! Sirve para obras físicas y se licencian de igual manera (introduciendo un texto que indica que está bajo CC).
¿Dónde podemos encontrar contenidos para usar en nuestros materiales?
No sólo debemos preocuparnos de cómo los demás usan nuestros contenidos, sino también de respetar las licencias que establezcan el resto de usuarios. Por tanto, ¿dónde podemos buscar archivos multimedia para usar en nuestras clases, presentaciones, etc… respetando las licencias?
Búsqueda en Flickr de imágenes con licencia Creative Commons
Búsqueda de imágenes en Google, indicando en las opciones avanzadas el tipo de licencia
morgueFile: repositorio con imágenes libres (no es necesario ni citar al autor)
WikiCommons: mediateca de archivos multimedia libres
Con retraso, dejo aquí mi último artículo para la sección de Internet de la Revista Deusto. Como veréis, ya tiene algunos datos caducos (es lo que tiene escribir con antelación para el formato papel ).
Artículo publicado en la Revista Deusto Nº 112 (otoño 2011)
El mundo de las redes sociales era, hasta ahora, ese hilo que Google no terminaba de enhebrar. Y no será porque no lo haya intentado con malogradas apuestas como Buzz o Wave. De hecho, también ha sido muy proclive a aplicar el lema de “si no puedes con tu enemigo, únete a él” (cambiando el “únete” por “cómpralo”). Así se hizo con una de las primeras redes sociales que se conocen (Dodgeball, 2000), convirtiéndola en la actual Google Latitude. Y esos fueron también los casos de Orkut, una de las webs más populares en Brasil, o de Jaiku, una plataforma de microblogging engullida por el éxito de Twitter.
Pero como no hay dos sin tres, el gigante de Internet quema un nuevo cartucho para intentar plantar cara a enemigos que le roban minutos de los usuarios, como son Facebook, Twitter o incluso LinkedIN, con su nueva red social: Google+. Se atreve a lanzar este proyecto cuando algunos gurús de Internet vaticinan ya la caída de las redes sociales en general y de grandes como Facebook en particular, que justo a las puertas de su salida a bolsa, cuando ha llegado a la cuota de 750 millones de usuarios, pierde por vez primera usuarios en Estados Unidos.
Google cree haber dado con la gallina social de los huevos de oro. Precisamente ahí radica su éxito: tenerlos todos en la misma cesta. O dicho de otra manera, la clave está en la interrelación. Todas las plataformas de Google son vasos comunicantes. Si estamos en el buscador y vemos un resultado de interés, podemos pulsar su botón +1, pasando esta información automáticamente a nuestra red social. Si subimos fotos a la web antiguamente conocida como Picasa (ahora Google Fotos), también se suman a nuestro perfil. Y así veremos como sucede lo mismo con los más de treinta servicios del gigante, que tienen un denominador común: una barra superior de administración que nos acompaña durante toda la navegación y donde se nos muestran las notificaciones de G+.
Cuatro son los pilares de esta nueva red social: círculos, intereses, quedadas y móvil.
G+ cambia el enfoque de otras redes sociales en la gestión de privacidad. Si en Facebook defines relaciones simétricas (una conexión entre dos usuarios sólo se establece si ambas partes aceptan), con G+ podremos definir relaciones asimétricas metiendo a nuestros contactos en círculos. Esos círculos los definimos nosotros para segmentar luego nuestra comunicación de manera que primero digas a quién quieres contar determinada cosa y luego ya pongas el qué (al revés que sucede en Facebook). Arrastraremos los contactos a sus círculos correspondientes, pudiendo crear tantos como queramos (Google nos muestra ya por defecto los círculos Amigos, Familia, Conocidos y Siguiente) y pudiendo meter a una persona en varios a la vez.
Con los intereses, podremos usar todo el potencial del motor de búsqueda de los de Mountain View para estar al día de los asuntos que más nos interesen. Introduciendo uno o varios términos, G+ nos mostrará a modo de agregador de feeds los contenidos de blogs, medios de comunicación digitales, páginas web, etc. que estén hablando de ello en ese momento.
Las quedadas giran en torno a un elemento que ya ofrecía Google: Gtalk. Nos permitirá, por tanto, hacer videochats de grupo con nuestros contactos, pudiendo hablar con hasta 10 personas a la vez.
Y, por supuesto, no se olvidan del emergente mundo móvil, ofreciendo una aplicación específica para Android que nos facilita estar conectados a nuestra red social desde casi cualquier dispositivo y en cualquier momento.
Como muchas otras de sus plataformas, esta red social ha arrancado con acceso restringido supeditado a invitaciones, para conseguir que la sensación de exclusividad desate el deseo viral de pertenencia. Esto puede adulterar la percepción de éxito inicial, porque limita a que los primeros habitantes de la red sean los conocidos como “early adopters“, aquellos que se apuntan a todas las tendencias desde el inicio. Pero el éxito les llegará realmente cuando consigan vencer las resistencias del público generalista. Cuando estén en G+ mi vecina del sexto, mi primo del pueblo, etc. Y como suele comentar mi compañero de sección, Pablo Garaizar, les tocará luchar contra el efecto del “bar vacío”: ese espacio al que entras buscando a tus amigos y, al no encontrarlos, abandonas.
En el lanzamiento publicaron en su blog “Queremos incluir Google en la vida de las personas, en sus relaciones y sus intereses“. Y tanto que quieren. De hecho, cuanto más sepan de nuestras vidas, de nuestras relaciones y de nuestros intereses, mejor gestionarán su materia prima: nosotros y la publicidad.
Muchas serán las reacciones ante G+: “¿Una red social más? ¡Otra, no! Por favor…” gritarán algunos. “Gracias a los dioses, alguien nos rescatará de Facebook” exclamarán otros. Pero lo que está claro es que aún tendremos que esperar para ver si G+ es capaz de vaciar algún bar de manera definitiva (Facebook, Twitter, …) o pasará por ser un garito de moda de un par de semanas.
Hoy, día de Todos los Santos, tenemos un nuevo difunto por el que velar en años venideros: Google Reader.
Y es que ayer se hacía real uno de mis miedos: ver cómo Google se cargaba una de mis herramientas favoritas y de la que más réditos informacionales sacaba.
Desde hace un tiempo se venía escuchando por los mentideros de Internet que las redes sociales tipo Twitter estaban sustituyendo a los agregadores de contenidos de cara a informarnos. Pero yo seguía en mis trece por una de las funcionalidades más útiles de Google Reader: formarte tu comunidad de presciptores de información que compartían los enlaces que les habían hecho cambiar su habitual lectura vertical por una más sosegada. Muchos pensaréis ahora: ¡pero eso es lo que se hace en Twitter o en Facebook! Cierto, pero en esas redes sociales horizontales, entre pepita de oro y pepita de oro de información, también se colaban otros metales nobles (platos que engullimos, sitios que visitamos, series de televisión que vemos, … en definitiva, cosas más personales). Y que nadie se me cabree, pero con determinados usuarios, sólo me interesa compartir información más académica o más cercana a mi mundo laboral, sin necesidad de saber lo rico que estaba el pastel que le tocó en suerte comer ese día. Todo eso me lo ofrecía Google Reader.
Pues bien, ayer Google anunciaba un nuevo rediseño de la herramienta. Hasta ahí, nada malo. Un cambio de imagen no tiene por qué ser malo. Cuesta habituarte a las modificaciones de las cosas, pero normalmente las funcionalidades se mantienen intactas o incluso se mejoran. Pero bajo esa noticia, había un huevo de pascua escondido. Google se cargaba el botón “Compartir” (momento en el que mandabas a tu red de Reader un contenido que tú considerabas de interés) para poner el manido botón de +1, lo que hace que ahora esa información pase a tu perfil de Google+ en vez de a la comunidad exclusiva de Reader.
En esta era de infoxicación donde estamos desbordados día sí y día también por la carga de información, herramientas como Google Reader eran clave para acceder a la información de valor. ¿Y qué parte de la herramienta ofrecía precisamente eso? Su comunidad. Tener una serie de prescriptores que hacían las veces de filtradores y que compartían las cosas más reseñables. Google Reader tenía un fin muy claro: compartir cosas de interés para digerir sin mezclas personales. Pero como en Mountain View están viendo como languidece un nuevo intento de red social como es Google+, han decidido quemar todos los cartuchos. Uno de esos cartuchos es Google Reader, y me temo que muchos buscaremos una alternativa.
Para salir, eso sí, nos han dejado la puerta abierta con la herramienta de exportación de suscripciones.
La primera vez que escuché el concepto de “conexiones improbables” fue en los labios de Ricardo Antón. Me pareció extremadamente sugerente, porque la idea de unir a personas, grupos o entidades aparentemente dispares para que co-creen puede hacer que surjan cosas, a priori, inesperadas. De esta forma se define el proyecto homónimo:
Conexiones improbables hace de la hibridación entre diferentes un entorno capaz de promover transformaciones, metamorfosis a menudo poco previsibles en las lógicas del pensamiento lineal y de la innovación direccional e incremental. Una slow innovation, más profunda, más radical, más sustentada en la investigación y experimentación conjuntas, en los valores y en las personas.
Una entidad pone sobre la mesa un problema y artistas y/o investigadores provenientes de las ciencias sociales lo analizan desde su punto de vista.
Dentro de este planteamiento surge la colaboración entre DeustoTech (unidad de I+D de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Deusto) y Remedios Zafra (escritora y profesora de Arte e Innovación en la Universidad de Sevilla): Her techno h(j)obby. En este caso se está trabajando la relación entre las mujeres y la tecnología. ¿Por qué las carreras tecnológicas despiertan menos interés entre las mujeres que entre los hombres? ¿Volvemos a la eterna disputa entre lo genético y lo cultural?
Remedios analiza las vocaciones desde la relación con los imaginarios y modelos culturales, con las expectativas sociales, con los procesos de juego y educación, pero también con la propia constitución de las ingenierías y ámbitos de investigación tecnológica y con la no inocencia de las aficiones y juegos que les preceden.
Para hablar de todo esto y más, se plantea el próximo miércoles 2 de Noviembre un OPENLAB sobre género y tecnología. Allí os espero a los que podáis asistir. Es necesaria la inscripción en la web.
CUÁNDO: miércoles 2 de Noviembre, de 18h a 21h.
DÓNDE: Universidad de Deusto (Campus Bilbao), Sala de conferencias.
Pronto os contaré más sobre el proyecto porque ha supuesto desnudar mi historia de cómo llegué a estudiar Ingeniería. Pero para eso, habrá que esperar a un próximo estreno .
A principios de Septiembre el Ministerio de Sanidad solicitó a Twitter el cierre de cuentas que promovían la anorexia y la bulimia. La respuesta de la red social fue que no lo iba a hacer. La razón: la defensa de la libertad de expresión.
Entramos entonces en un terreno peliagudo: definir qué es la libertad de expresión y dónde están sus difusos límites. Cuestión que dudo mucho que se clarifique algún día. Ahora bien, me chirría enormemente que plataformas como Twitter se erijan como los garantes de la libertad de expresión cuando luego cierran perfiles a la velocidad de la luz de usuarios bajo la sospecha de ser spammers (cercano es el caso que le sucedió a Mikel Agirregabiria). Está claro que queda mucho menos romántico e idealista decir que si se inician en un terreno pantanoso como ése, deberían contratar a más personal para que no sea un robot el que valide estos casos.
Eso es lo que intento reflejar en la entrevista que me han hecho esta semana en Deia. Os copio mis respuestas originales, para que podáis contrastar con el resumen luego publicado :
¿Tiene constancia de que haya aumentado la apología de la anorexia y la bulimia en internet?
Como administradora hasta hace bien poco de una plataforma de creación de blogs (Nireblog), doy fe de la presencia elevada de bitácoras con esta temática. Sin embargo, no es que haya muchos usuarios generando contenidos, sino que un número reducido produce mucho material y en muchas plataformas a la vez. Es alarmante encontrar este tipo de información por la Red, pero no debemos pensar que es una consecuencia directa de las nuevas tecnologías. Internet no es más que un fiel reflejo de nuestra sociedad, y lo que se produce en la calle, también se da en la Red. Lo que la diferencia es que es más sencillo “viralizar” la información y llegar a más gente que con el boca-oreja tradicional.
Se estima que el número de páginas web con contenidos que hacen apología de la anorexia y la bulimia ha crecido un 470% desde el año 2006. ¿Qué opina de esta expansión? ¿Es proporcional al crecimiento de todo tipo de contenidos, dado el mayor uso de blogs y redes sociales, o es realmente algo alarmante?
Es igual de alarmante que ver en pasarelas a modelos con unas tallas imposibles o el éxito de libros con dietas milagrosas. Es decir, la multiplicación de estos contenidos es proporcional a la repercusión que está teniendo el culto desmesurado al cuerpo en el resto de espacios. Estamos hablando de un problema cultural y no tecnológico. Igual que el ciberbullying es el reflejo del acoso escolar a través de las nuevas tecnologías, la ciberanorexia y la ciberbulimia son la manifestación digital de estas enfermedades. Y al igual que crecen las páginas web con estos contenidos, también lo hacen las que luchan contra ellas: stop-obsesion.com, masqueunaimagen.com, 1espejo1000ventanas.com,… Incluso en 2008 se lanzó una campaña en la blogosfera para escribir entradas contando los peligros de estas enfermedades y usando palabras clave para posicionar en Google por encima de las pro-anorexia y pro-bulimia.
Además, como tú bien comentas, el número de contenidos en Internet ha crecido exponencialmente, viéndonos inmersos en una infoxicación a todos los niveles.
¿Es internet un arma de doble filo?
Siguiendo tu símil, Internet es como un cuchillo. Dependiendo de quién lo blanda, lo usará para cortar alimentos o para clavárselo en el pecho a otra persona. Las conductas que se dan en un bar, en un parque, en casa, en el colegio y así hasta un largo etcétera, se reproducirán igualmente en Internet, que no deja de ser un espacio más. Sin embargo, lo que actúa como catalizador en la Red es el anonimato. La posibilidad de comunicar este tipo de aberraciones desde un nick. De hecho, la anorexia y la bulimia se camuflan bajo los nombres de “Ana y Mía”.
El Ministerio de Sanidad pidió a Twitter que eliminara los perfiles proanorexia, pero estos se negaron en defensa de la libertad de expresión. ¿Comparte su decisión?
Hay que tener claro qué se entiende como libertad de expresión. Se trata de la libre difusión de ideas siempre y cuando éstas sean respetuosas con los demás. En mi opinión, la apología de la anorexia y la bulimia no se puede considerar un ejercicio de libertad de expresión, dado que atenta contra la salud pública y la protección de la juventud y de la infancia. Por tanto, considero una irresponsabilidad por parte de plataformas como Twitter no actuar ante estos casos. Mi percepción es que se escudan en la defensa de la libertad de expresión cuando realmente se trata de miedo a establecer precedentes de borrado de contenidos que les podría conducir a necesitar un extra de personal que analice las diferentes situaciones para valorarlas.
Ahora bien: esto no convierte a Twitter en una plataforma pro-trastornos alimenticios, ni a Internet en un lugar oscuro donde tus hijos o hijas pueden caer en estas enfermedades. Sigue existiendo un lugar común para la lucha contra esto: la educación y el núcleo social más próximo.
¿Por qué códigos se rigen las redes sociales, qué censuran y qué no?
Aquí entra en juego la escala de valores de la propia red social, que se cubre las espaldas en las condiciones de uso que todos firmamos cuando nos creamos una cuenta y que se rige por los principios de los responsables de esas redes sociales. Así no es de extrañar encontrarnos con casos estrambóticos como el de la censura de una fotografía de una mujer amamantando a su bebé por parte de la conocida red social Facebook al considerarla pornográfica. O incluso el cierre de un perfil personal en esta misma red por hablar de Google+, la competencia. Por lo que vemos, los raseros varían mucho dependiendo de la plataforma. Además, es curioso como los lobbys culturales suelen tener más posibilidades de éxito a la hora de eliminar contenidos que el Ministerio de Sanidad.
¿La autorregulación de las propias redes es la única solución?
No creo que sea esa la vía. Volvemos sobre la educación, que es desde donde se pueden atajar estos problemas tan enraizados en la sociedad actual. La autoregulación es más una cuestión moral que legal y está muy mediada por dónde está radicada la red social en cuestión. Por tanto, lo que pudiera parecer moralmente reprobable en EEUU aquí podría ser visto de una forma distinta (como ya hemos comentado en los casos concretos anteriores).
¿No es posible actuar legalmente contra estos contenidos?
Efectivamente, publicar este tipo de información no está tipificado como delito, por lo que no se puede solicitar su eliminación por vía judicial. Sin embargo, el artículo 8 de la Ley 34/2002 de Servicios de la Sociedad de la Información y de Comercio Electrónico (LSSI) indica que en el caso de que un determinado servicio de la sociedad de la información atente o pueda atentar contra la “protección de la salud pública” o “la protección de la juventud y de la infancia”, se podrá interrumpir la prestación del mismo, pudiéndose así bloquear el acceso a Twitter desde España. Pero igual que no se nos ocurre apagar la emisión de las televisiones porque aparezcan en ellas imágenes que podrían incitar a estas enfermedades, tampoco creo que cortar el acceso a Twitter sea el camino. Mi solución: educar. Aunque ya vemos que en estos tiempos de recortes que vivimos, parece que es la última salida.
Como estoy estos días documentando un curso que impartí en verano en la biblioteca sobre las redes sociales que más utilizan nuestros alumnos, dejo por aquí la pata de Tuenti que aún no había incorporado a la wiki donde tengo recogida el resto de información. Cualquier comentario para mejorar la monografía será más que bienvenido .
Tuenti
La red social por excelencia en España de los jóvenes de 20 ó menos años es Tuenti. De hecho, las estadísticas que ofrece la propia plataforma nos indican que el 37% de sus usuarios tienen entre 18 y 24 años y ese número de usuarios supera al porcentaje de población española que está en esa edad. ¿La razón? Muchos usuarios registrados infringen la normativa de tener 14 ó más años, falseando su edad y colocándose más de 18. El porcentaje entre hombres y mujeres está bastante equilibrado, demostrando ser una red generalista.
Estadísticas de usuarios/as Tuenti por edad y sexo
El nombre de la plataforma, a pesar que pudiera darnos a entender que viene del anglicismo “twenty” (haciendo de nuevo referencia a la edad de sus usuarios), viene de la frase “tu entidad”.
Esta red nació en 2006, de la mano de un estudiante estadounidense de intercambio que se encontraba en España, Zaryn Dentzel. Arrancó el proyecto con un grupo reducido de alumnos universitarios. Ahora Tuenti cuenta ya con más de 250 personas en su plantilla repartidas entre sus oficinas de Madrid y Barcelona. El número de usuarios también ha crecido exponencialmente: desde los 1000 inscritos en su primer amago de red social (Who is Who) hasta los más de 11 millones en la actualidad.
En Agosto de 2010 Telefónica se hace con el 85% Tuenti por 70 millones de euros. Esta entrada en el capital social de la empresa se ha dejado notar, apareciendo proyectos como el de la operadora móvil virtual de Tuenti (Tu) con ofertas muy ventajosas para el público joven (servicios gratuitos de red como es el chat de Tuenti para sus usuarios, siendo un reclamo muy fuerte para los jóvenes).
La clave del éxito de Tuenti, en sus inicios, fue que el acceso estaba (y sigue estándolo) restringido. No se permite la creación de cuentas y para entrar es necesario que alguien nos invite. Esto confiere a la plataforma un halo de exclusividad y a los jóvenes una sensación de “corralito” donde no están ni sus padres ni sus profesores.
La edad mínima de registro en Tuenti, como comentábamos anteriormente, es 14 años (la que marca la legislación española, a diferencia de la que se aplica a las redes sociales norteamericanas). Los menores de esta edad necesitan una autorización expresa de sus tutores. Además, dado que la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) les pone exigencias extra respecto a otras redes sociales que no tienen su residencia en España, deben cumplir otra serie de tareas:
Tienen un condicionamiento legal más sencillo con lenguaje “comprensible” por el usuario medio de la plataforma.
Cuando un usuario se crea su nueva cuenta, por defecto, la privacidad es la más restrictiva. Deberá ser el usuario el que, de manera activa, abra su perfil.
Tienen un equipo de personas validando manualmente la edad de los usuarios. Cuando topan con uno que sospechan tiene menos de los 14 años permitidos, le solicitan que les envíe el D.N.I. escaneado. Si no lo hace en 96 horas, le eliminan la cuenta e investigan a sus contactos (que probablemente también sean menores de la edad mínima permitida).
Tuenti además es una caja negra para buscadores. Sólo es accesible para los robots la página de inicio, Tuenti Sitios y las Tuenti Páginas. Ni siquiera trasciende un resumen de nuestros perfiles (como sucede con redes sociales como Facebook).
No permite el registro de organizaciones (para ellas tiene reservado el apartado de Tuenti Páginas), sólo personas físicas. Si encuentran un perfil que no pertenece a una persona física, lo borran (perdiéndose todo el trabajo desarrollado de establecer contactos, redes, publicar información, etc. ).
Las partes principales y de mayor éxito de Tuenti son:
Tuenti Sitios: cada una de las “zonas de marcha” tiene su espacio aquí (trabajando el elemento local desde la globalidad que ofrece Internet). Son los propios usuarios los que enriquecen estas fichas con información del sitio (comentarios, imágenes, etc. ), hacen check-in con sus móviles cuando pasan por allí, etc… Como responsables de un sitio, podemos reclamar su “propiedad”, para gestionar los datos de primera mano: actualizar el nombre y la dirección del sitio, modificar la categoría y la información de contacto, añadir nuevos tipos de información como el horario de apertura y formas de pago, ver las estadísticas de quién visita tu sitio y mucho más. Tras rellenar un formulario, Tuenti se pondrá en contacto con nosotros para verificar nuestro cargo profesional. Como vemos, el elemento central de esta sección es la geolocalización. Intentando emular al proyecto Foursquare, los usuarios indican dónde están, siendo en ocasiones incongruentes con su mundo off-line. Es curioso los casos de personas que dejan una luz encendida en su casa durante las vacaciones para evitar a los “cacos” y que luego van chequeando en diferentes redes sociales por dónde se mueven (y para mostrar este absurdo, surgen plataformas como Please, Rob Me).
Tuenti Juegos: el modelo de negocio de Tuenti es claro: la publicidad. Y para lograr altos ingresos necesita que el usuario esté más tiempo en la red social para darle impactos publicitarios cada poco tiempo. Por esto Tuenti Juegos es una colección de juegos sencillos pero adictivos donde, además de jugar, podrás compartir en tu muro los resultados, invitar a los amigos… Dentro de esos juegos se pueden “comprar” artículos virtuales con los denominados Tuenti Créditos. Esta moneda virtual se obtiene cambiando nuestro dinero real a través de una cuenta de Paypal, con una tarjeta de crédito o incluso haciendo una recarga con el móvil.
Tuenti Páginas: es la copia de las páginas de Facebook, donde cualquier organización o institución puede tener su espacio (dado que las condiciones de uso de Tuenti prohíben que se puedan crear perfiles). Allí tendrán un muro donde publicar noticias e informaciones relevantes para los usuarios que se suscriban a la misma. Es de las pocas secciones de Tuenti que pueden tener url propia y ser pública, es decir, que sea consultada sin necesidad de estar logueado en Tuenti. Cabe destacar en este apartado la diferencia entre las páginas de empresa (premium, digamos, aunque no se paga por ese servicio), que llevan incluso una atención dedicada por parte de la plataforma a las marcas, y las páginas “al uso”, de libre creación y destinadas a grupos, actividades y páginas de famosos y/o celebridades.
Y por supuesto, la herramienta más exitosa: el chat (todo un nuevo idioma), que ha sustituido al messenger entre los jóvenes.
El modelo de negocio de Tuenti es la publicidad. Tener una cuenta es gratis, pero los usuarios les pagamos con otra moneda: nuestro tiempo. Todo el que invertimos navegando por sus múltiples espacios se convierte en un intervalo en el que nos pueden “impactar” con anuncios. Los productos publicitarios que ofrecen a las empresas para anunciarse son:
Eventos patrocinados que aparecen en la página de inicio de los usuarios.
Mensajes en la página de bienvenida. Cuando entramos a Tuenti, mientras se carga nuestro perfil, se muestra un anuncio a pantalla completa. Una vez cargada la página, queda como recuerdo un enlace en nuestra página principal.
Vídeos que aparecen mientras nos movemos por Tuenti en la parte inferior derecha.
Todos estos productos permiten a las empresas contratantes la segmentación sociodemográfica (sexo, edad, provincia) de los usuarios a los que se muestran sus anuncios.
Abuelita, ¿en qué momento pasamos a vivir en un mundo patentado en el que, por respirar, tenemos que pagar al que registró algo tan común?
No lo recuerdo muy bien, pequeña. Sólo sé que desde ese momento, el progreso tecnológico se frenó en seco y sólo viene de la mano de las grandes multinacionales. Ellas deciden el ritmo de la investigación y lo manipulan a su antojo. A todos aquellos locos que intentaron mejorar nuestro bienestar mediante pequeños (o grandes) avances, se les encarceló por violación de patentes. Los abogados se han convertido en los nuevos Einsteins de la época. Ellos deciden la balanza y nadie se atreve ya a innovar .
Recupero a la abuela cibercebolleta que sigue enfrascada en su futuro distópico con un tema que está en boca de todos estos días, pero que lleva mucho tiempo cociéndose a fuego lento. Aún recuerdo cómo desde el e-ghost se hicieron ya movilizaciones allá por 2005 contra las patentes de software.
Y la cosa no ha ido a mejor, sino todo lo contrario. Las grandes multinacionales tecnológicas compran y compran patentes (tanto de hardware como de software). Hasta ahora no se meaban los pies unas a otras, porque necesitaban cromos que intercambiar. Pero la guerra fría ha empezado y los que más tenemos que perder somos los pequeños. ¿Sabías que el doble click está patentado? Pues sí, por Microsoft. ¿Y el apagado del ordenador? Más de lo mismo… ¿Y qué me dices de una aplicación móvil para reservar hoteles (así en general)? Patentado por Apple.
Podría hacer un listado aún más extenso de patentes ridículas porque Microsoft sólo tiene la friolera de 18.054 patentes registradas, Apple 4.082, Google 754 (bastantes más ahora que ha comprado Motorola), …
La guerra ha empezado: Microsoft quiere que Samsung pague sus cuotas de patentes por Android, Apple bloquea la comercialización de tablets a Samsung en Europa, Oracle sigue peleando contra Google, Apple gana su litigio a HTC, Google compra Motorola (y con ella, sus patentes), …
Cómo bien comentaba el dibujante Puño en esta charla (que os recomiendo encarecidamente que veáis):
No te creas tan original. Aunque sólo sea por probabilidad, en miles de años de existencia humana, a alguien se le ha tenido que ocurrir.
De hecho, el mundo de la investigación tiene también su propio lema de Isaac Newton: Si he visto más lejos es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes. Si cobraran por sentarse en esos hombros, sólo unos pocos podrían subirse y la mayoría nos quedaríamos cortos de miras . Y si gigantes de la talla de Einstein, Newton o Da Vinci hubieran puesto candado a sus creaciones, empresas como Microsoft, Apple o Google ahora no existirían.
Puede que ahora mismo esté infringiendo una patente usando este emoticono . Si no os respondo a los comentarios, venid a visitarme a Basauri .
Artículo publicado en la Revista Deusto Nº 111 (verano 2011)
La web es jovencita. Apenas veinte años la contemplan. Y sin embargo, ya se ha llevado más de un susto. Allá por 1997 sufrió la cacareada burbuja de las punto com, momento en el que muchas empresas vinculadas a Internet subieron su valor bursátil como la espuma para que, años después, alguien viera al rey desnudo, con el consiguiente descalabro.
Tras una larga etapa de desconfianza, la Red vuelve ahora a tomar altos vuelos y muchos son los que vaticinan un nuevo susto. Empresas como Facebook, Google o Twitter cotizan al alza. Así que, una de las preguntas que más se repite en los mentideros de Internet (y fuera) es: ¿cuál es el modelo de negocio de estas plataformas web? La respuesta es bien sencilla: la publicidad. Pero como quedaría un tanto pobre el artículo si lo dejamos aquí, pondremos la lupa sobre las principales compañías que hoy en día “roban” los minutos de los internautas.
Empecemos por el gigante de Internet, y cada día, de más y más mundos que no sólo son digitales (por ejemplo, el energético). Google diversifica su negocio en muchos frentes con más de treinta servicios diferentes: desde el correo electrónico, pasando por los mapas, los vídeos, los libros, la música, etc. Ahora bien, una de las constantes en todos esos servicios es el de la gratuidad. Bueno, quizás debiéramos matizar la palabra gratis y centrar su contexto en el plano monetario, porque, como muy bien decía Quevedo “es de necios confundir valor y precio”. Y si bien trabajan con un modelo freeconomics, los usuarios les pagamos con otra moneda: nuestro tiempo. Todo el que invertimos navegando por sus múltiples espacios se convierte en un intervalo en el que nos pueden “impactar” con anuncios. Pero eso no es todo: cuantas más plataformas diferentes de su dominio visitemos, más visible y rastreable será nuestra baba de caracol que les ofrece un perfil completo de lo que somos y lo que nos gusta. Toda una delicatessen para los expertos en marketing ávidos por vender. Precisamente su médula espinar es ni más ni menos que Google Adwords, su propio sistema de publicidad online. Así que, por más que nos presenten su empresa (fijaos que he puesto empresa y no fundación u ONG) como un ente casi filantrópico, el hecho de que nos ofrezcan tantos servicios gratis tiene una explicación mucho más cercana al cobre.
Facebook tampoco le va a la zaga y además de la publicidad con la que rellenan cualquier hueco de su página web, “trafican” también con nuestros datos. No hay más que echar un vistazo a sus condiciones de uso (esa letra pequeña con una redacción farragosa que casi ningún usuario se lee cuando se crea su cuenta), donde avisan ya (y el que avisa no es traidor) que podrán vender nuestra información a terceros. Así que su estrategia pivota también sobre el hecho de mantenernos muchos minutos en su parcela, de modo que dejemos más y más información y veamos los anuncios que tienen preparados para nosotros.
Con Twitter, el modelo de negocio se vuelve algo más gris. Cada día crece el número de usuarios que tiene que soportar la plataforma, creciendo también de manera exponencial los recursos tecnológicos que tienen que destinar para que la maldecida ballena de “web caída” no aparezca. Y sin embargo, aún no tienen muy claro cómo van a rentabilizar a toda esa gente. Los socios se comienzan a impacientar mientras Twitter sólo asoma su patita con Trending Topics (los temas más calientes de los que se están hablando en la Red) patrocinados y una idea que aún no han puesto en práctica de twits patrocinados que aparezcan en su buscador o incluso en el “timeline” de los usuarios.
Spotify hizo una apuesta doble con su servicio gratuito: por un lado, captar al máximo número de usuarios en un tiempo muy corto, convirtiéndose casi en un estándar de facto para la escucha de la música; por otro, trabajar el modelo de la publicidad. Éste último le salió rana, dado que con los anuncios que interrumpían a esas cuentas gratuitas no les llegaba para pagar a las discográficas y a las gestoras de derechos de autor, cada vez que se reproducía una canción (y ya, del coste tecnológico que suponía tener todos esos servidores y disponibilidad, ni hablamos…). Ahora está mezclando ese modelo de publicidad con el de servicios premium, cobrando una cuota mensual a sus usuarios. Por tanto, tras ofrecer la “droga” gratis, ahora pasa a pedir una cantidad mínima a sus usuarios más “enganchados”.
Y frente a estas grandes compañías, modelos como el de la Wikipedia, que soportan su gestión de contenidos en la inteligencia colectiva y su subsistencia, en las donaciones de los internautas.
Quitando a esta plataforma, en el resto de ejemplos analizados, hay una materia prima recurrente: los usuarios, su tiempo y sus datos. Sin embargo, hay más modelos en la web: comercio electrónico, software como servicio, subastas, donaciones, … Esperemos que el “Big Brother is watching you” no sea la única alternativa para lograr éxito en la Red.